Confesiones íntimas (de aprendiz)

Esta tarde presentamos el libro Las escuelas: desolación y encanto en la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga. La noticia la conté ayer. No la repetiré, pero las confesiones que siguen me las incitó el hecho.

El año ha sido venturoso, repleto de momentos estimulantes. Las invitaciones que recibí para estar en alguna escuela o congreso, en Colima o fuera, me permitieron el privilegio de hablar varias decenas de horas y dejar todo en cada una. No sé el resultado, porque se medirá por el efecto, pero la continuación de diálogos por otras vías me hace suponer que no fue malo, aunque la autocrítica tiene mapa completo y puntos críticos.

Escribo un diario, un blog o libros no para ser famoso, feliz o un prestigiado investigador educativo o social. Confieso que sí, que releo lo hecho y publicado. Casi siempre lo ratifico, me gusta. Pero no sigo empecinado en mirar atrás. Tengo miedo a quedarme atrapado en la sonrisa efímera que produce un artículo, un post o libros siempre imperfectos. Prefiero mirar adelante, proponerme un reto más alto, exigirme otro poco.

¿Entonces, para qué escribo? Me respondo sin pudor: para ser leído y compartido, para provocar complicidades, indignaciones, reflexiones, interrogantes; críticas también, aunque las preferiría de frente. Escribo para colocar a la educación como tema de discusiones abiertas y argumentadas, en un marco de pluralidad y libertad. Escribo porque creo en lo que pienso, porque actúo como pienso o lo más cerca, o por lo menos lo intento. Escribo para aprender.

Escribo no para conquistar “me gustas” en Facebook o seguidores en Twitter, o para mi blog. Escribo para sentarme frente a profesores o estudiantes y escucharles, o proponerles, para comunicarnos. No es tarea fácil, ni muy bien vista en contextos miopes, pero indispensable si queremos revitalizar la escuela.

Escribo como pienso porque no creo en unanimidades, porque no admito el conformismo, porque escribir es pronunciarse, y pronunciarse es tomar partido, porque asumirlo es no quedar en la cómoda mitad.

Por todo eso, el año fue fantástico. Pero nada, o casi nada tendría sentido si no fuera por la oportunidad de la conversación, del diálogo con otros.

Hoy termina mi año “público”. Nostalgia y tranquilidad irrumpen. Ahora me encierro a avanzar lecturas y manufacturar las páginas que sueño para concluir el siguiente proyecto.

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