CORRESPONSAL POR UN DÍA

diarios_papal_4Mientras don Pedro Vives cocina la pasta y rellena los huevos con atún, para comerlos viendo el Celta-Barcelona, en casa me acerco a la tele con Laura, intrigado por unas palabras que capto por azar. Comienza un programa en History Channel. Francisco, el Papa del fin del mundo, se llama. Me siento a mirarlo y las imágenes del programa me deslizan en un tobogán. Se mezclan sucesos en Roma, la biografía de Jorge Mario Bergoglio y fragmentos de sermones en distintas épocas; repasan la dictadura y ventilan la probable (desmentida en juicio) colaboración de Bergoglio con la terrible dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla.

Las imágenes, las palabras y la historia me desgranan emociones y recuerdos que desconocía tan vivos en el baúl de nostalgias.

Cuando Jorge Mario Bergoglio fue electo Papa yo estaba en Córdoba, a ciento veinte metros de la casa donde 20 años atrás había vivido unos meses el nuevo pontífice. Aquella pequeña habitación, enclavada en la espectacular zona de la Manzana Jesuítica, era un paseo habitual rumbo a la plaza de Armas o la fonda salteña “La Linda”, que hice refugio gastronómico y musical.

La noticia nos sacudió. Me incluyo. A la Argentina entera, por obvias razones; a los cordobeses, porque en su territorio se asientan algunas de las estancias jesuíticas que permitieron la colonización y evangelización de esos territorios y de allí hacia el norte del continente. La Universidad Nacional de Córdoba, primera en el país, fue también obra de un jesuita, el obispo Juan Fernando de Trejo y Sanabria, en marzo de 1613. Y según registraron los periódicos de aquellos días de hace dos años, en Córdoba existe el mayor número de personas con apellido Bergoglio en el directorio telefónico argentino.

Fueron días muy intensos, diferentes. Hoy recordé, además, que un mensaje de Dorian Levy, de la estación radiofónica Ángel Guardián, me proponía hacer un enlace vía telefónica a uno de sus noticieros en vivo para compartir las sensaciones que se experimentaban en aquel país. ¡Así me convertí en corresponsal por un día!

Para el enlace, que duró unos minutos y luego se cortó sin piedad, tuve que prepararme casi frenéticamente: leer toda la prensa que pude, mirar la televisión al mismo tiempo con los oídos atentos para escuchar algo interesante, tomar café en la plaza con el periódico entre las manos, en fin. Mi pequeño cuaderno de apuntes cotidianos cubrió varias paginas de notas que luego compartí con el profesor Ramón Santana.

No sé si trabajaría como corresponsal algún día, pero ese sí que lo disfruté. Al recordarlo esta mañana lo reviví, es decir, volví a pasarlo por el corazón.

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