CURSOS DE VERANO 2

¿Y si deliráramos por un ratito?

Siguiendo esa provocación, acuñada por el genio de Eduardo Galeano, se me ocurre preguntarnos: ¿y si las instituciones, los gobiernos, las empresas y personas alteráramos un día la rutina en estas épocas de curso de verano? Un día, no pido más para el experimento.

Sí, juguemos un ratito con la imaginación: ¿qué sucedería si un día de las dos o tres semanas que duran los cursos de verano los papás (y las mamás) tomáramos el lugar de nuestros hijos en los cursos de verano?

¿Y si nos vistiéramos de pantalón corto, los niños nos prepararan su lonche favorito y nos llevaran a la puerta del curso de verano, nos dejaran con un abrazo y un beso enormes y regresaran a casa a hacer sus “quehaceres”?

¿Y si nosotros, rígidos, circunspectos, gorditos, nos sentáramos en el piso, con el pelo despeinado (los que puedan) y empezáramos a hacer los ejercicios que manda la maestra?

¿Y si nos pusieran a cantar, a bailar en un pie, o de cabeza, a pintar con los dedos, o sentarnos a meditar, a escuchar un cuento?

¿Y si nos acostaran en el suelo con los ojos cerrados, así, sin nada entre nuestro cuerpo y el piso, y nos pidieran que cerráramos tres minutos los ojos, nos olvidáramos de todo, y luego, al abrirlos, que buscáramos imágenes en el techo? ¿Y después, esas imágenes las pintáramos con la mano izquierda (o la derecha, los zurdos)?

¿Ya es suficiente curso de verano, o seguimos?

¿Y si fuéramos niños por un día, solo por un día? ¿Podríamos entenderles un poquito mejor? ¿Podríamos cuidarnos un poquito más?

Si fuéramos niños por un día correríamos el serio peligro de ser mejores personas, más sensibles, menos tensas y más felices. Creo.

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