DÍA DEL PADRE

He pasado un día más o menos normal. Un domingo más o menos ordinario, que, en mi caso, consiste en levantarse temprano, confiado en que los hijos se despierten tarde para que la tranquilidad permita avanzar en mis actividades mientras el sol no calienta. Mariana, que durmió temprano, despertó pronto, y Juan Carlos, aún con la oscuridad, pidió leche por primera vez. Sólo le pedí una tregua pequeña para dormir otro rato.

Pero no es día de quejarse. Ni ellos, ni yo, tenemos ganar de fastidiarnos la vida; como siempre, o casi.

A pesar del abundante trabajo que me asigné para el fin de semana, advertí que no terminaría: demasiada faena, escaso tiempo. Tampoco caigo en crisis. El trabajo no se termina, aunque la vida se agota entre el estrés y las prisas. Mi escritorio se despidió y me dejó salir al trajín doméstico habitual.

La jornada transcurrió vertiginosa. La nota anormal la puso Juan Carlitos. Sin tener cabal conciencia de la fecha, ha decidido que hoy lo pasaremos juntos, de aquí para allá, sin darme tiempo de distancias ni enfriamientos. Me toma de la mano a cada instante y pide a su mamá estar conmigo, así en la calle como en el cine. Y estuvimos.

¡Las que un padre debe soportar! Mientras elijo un pantalón que me falta, él se distrae y pronto se detiene. Es el área juvenil. Encuentra una gorra. Decide que una será para él, mezcla de Neymar y rapero, y la otra, exactamente igual, para mí. Se acerca a la caja y le indica a la señora (señorita, creo) que le cobre las dos. Yo estoy seguro que ese no es mi tipo, y no me gusta. Volteó a la madre, cara de angustia, y mis ojos piden que me salve. No, me dice con el gesto. No le puedes romper el corazón. Y ya está. Pues no, no le puedo romper el corazón, aunque el destroza mi poco buen gusto.

De vuelta a casa, con una historia larga de por medio, llamo la atención de Mariana y ella se pierde unos instantes, mientras yo supongo que he ido lejos en el regaño. Mi reclamo es un chantaje emocional que me rebota con clase: ¿así quieres festejarme el día del padre? No me deja tiempo para dudas. Me entrega una bolsa transparente pequeña, con una pluma y un separador con las cinco razones de su amor. Sus brazos se cierran en mi cintura y su pelo cierra mis labios que ya no tienen palabras.

Es el día del padre, y eso, no es poca cosa. Yo, sin ellos, no lo sería. También es su día.

Comentarios

  1. arthur edwards dice:

    Felicidades Papá!

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