El amor en tiempos de Twitter (primera parte)

alltwitter-twitter-bird-logo-white-on-blueApenas despertar tomó en automático el teléfono. Quería saber la hora y si tenía mensajes. Ella era la causante de aquella dependencia enfermiza que lo hacia abrir a toda hora los mensajes directos en su cuenta de Twitter. Las 7:32 horas, marcaba el iPhone. 14 grados centígrados. El viento fresco se colaba por la ventana abierta. Recordó que era sábado, remolineó un poco y se enrolló en las sábanas. No, ya no pudo dormir. No tener mensajes equivalía a tener una mano apretando su nariz, cortándole la respiración. Intentó en vano recuperar el sueño. La ausencia de mensajes era un dardo que cortaba su tranquilidad. Se irguió sobre la almohada y abrió la cuenta de Ella. La lentitud de respuesta le impacientó. Allí estaba su foto. Bella, bellísima, con ojos finamente delineados, en esa imagen blanco y negro que resaltaba la diminuta, enloquecedora boca pintada de rojo, capaz de transportarle a tantas fantasías. ¡Era endiabladamente guapa! Nunca la había visto en persona, pero eso le confirmaban dos amigos que habían tenido la fortuna.

Un candado junto al nombre le desconcertó. Intentó entrar en su timeline y no pudo. Un aguijón se clavó extrañamente en alguna parte del pecho. Se puso los lentes para mirar mejor: “No puedes seguir a @BellaElla ni ver los Tweets de @BellaElla. Más información”. El ánimo frío le congeló los pies.

Entró a su cuenta de Facebook para buscarla. No eran habituales ni conversaban por esa red social, pero alguna vez le había enviado mensajes con archivos, una canción o imágenes. No apareció en la primera búsqueda. No estaba. Ella lo había borrado de su lista de amigos.

¿Qué había pasado la noche anterior? ¿O antes de aquella noche? No comprendía. Revisó la última conversación, doce horas antes. Allí estaba el intercambio. Nada especial, nada especialmente emotivo. Tampoco mensajes de agravio, o insinuaciones de malestar al otro lado.

Presuroso envío una solicitud de amistad por Facebook. No tuvo respuesta, ni en ese instante, ni al día siguiente. Y si permiten que anticipe la historia varios años: nunca hubo.

Estaba desconectado de la mujer que lo había enamorado por Twitter, por mensajes directos, a través de las fotos que Ella subía sin destinatario exclusivo. O no él. No tenía su número telefónico, ni su cuenta de correo, menos el domicilio de casa. No sabía casi nada, a pesar de que Ella era casi todo, en ilusiones, a través de su aparato telefónico. No había ya nada entre ambos, ni siquiera aquellos mensaje. Nada. Entonces se hundió en sí mismo. Un profundo malestar le rompió la línea de la cordura. Estaba desgajado.

Comentarios

  1. A dice:

    ¿Es posible enamorarse de una ilusión, de tipografías variadas y de voces que realmente sólo existen en nuestra cabeza? ¿Qué voz tienen los hashtags? ¿Enamora lo desconocido, el misterio o la esperanza de sentir que alguien más nos lee y nos siente?

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