EL ORGULLO DE SER DOCENTE

Lo conté antes una o dos veces. Después de trajinar veinte años en la administración educativa, un día decidí que no quería seguir más por un tiempo en esas labores. Había llegado la hora de hacer aquello que también me apasionaba. Tenía otros proyectos, renovadas ilusiones, muchas razones personales y profesionales para cambiar el rumbo.

Después de aquel momento, muchas veces me encontré con la misma pregunta, semejante desconcierto e incredulidad. Cuando me interrogaban ¿y ahora qué harás?, a la respuesta casi todo mundo me respondía con alarma: ¿y solo de profesor?

Como si ser profesor universitario fuera desprestigio o poca cosa.

El tiempo me dio la razón. Muchas satisfacciones vinieron y siguen llegando, a veces lentas, otras más abundantes. Pero llegan, siempre.

Hoy, Día Mundial del Docente, mi hijo me ha regalado una nueva, enésima confirmación de que he elegido el rumbo correcto: hacer lo que me gusta en la vida, y hacerlo con pasión.

Este mediodía en el auto, a la salida del colegio, mientras Mariana Belén emborronaba su cuaderno con textos que nos prohíbe leer, Juan Carlitos y yo conversábamos animados. A punto de llegar a casa, me sorprendió de nueva cuenta:

-Papá, pregúntate: ¿por qué un cerebro tan pequeño tiene una imaginación tan grande?

Su ingenio, mezcla de palabras, entonación y sonrisa pícara, me sorprendió en grado extremo y mirándolo por el retrovisor lo acerqué para besarlo y expresarle mi alegría. De lo que hablábamos no contaré nada, es cosa de dos. Luego de preguntarme aquello, siguió una petición: que escribiera un libro con ese título, y que en la contraportada escribiera de qué se trataría. No creo que pueda cumplirle, pero ya habrá tiempo de explicárselo.

Me recordó, entonces, que a los cinco años tiene un camino elegido en su vida: pedagogo y escritor de libros. Como tú, papá, me dice.

Lo que opinen algunos despistados de “solo ser profesor” no tiene comparación con la opinión alegre de un niño y su curiosa ingenuidad.

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