EL ROSTRO DE LA MUERTE

Hoy vi dos veces el rostro de la muerte. O la muerte en el rostro. La muerte, como todos sabrán, en nuestros culturas es un temor casi universal. Un poco inexplicable, dicen algunos filósofos, pues cuando llega, nosotros ya no estamos. Así que las posibilidades de coexistir con ella vienen por terceras personas que nos abandonan.

Pero mi reflexión no tienen tintes gozosos, tampoco filosóficos, ni quiero que lo parezca. La alimentan la indignación e impotencia.

Esta mañana estuve en mi antigua casa, limpiándola de la ceniza volcánica que la bañó hace unos días. De paso, aprovecho para preparar mi refugio de trabajo. Un cuarto de buen tamaño, claridad ideal para leer sin luz eléctrica y un ventanal que lo refrescará cuando sea necesario. Pasé allí dos o tres horas. Luego subí al cuarto de los niños, a ordenar juguetes y recoger basura. Me sorprendió ver el tamaño de las cacas en el piso, de un volumen superior al de una cucaracha o una besucona. No le di mucha importancia. Las varias semanas de abandono habrán procurado esos efectos.

A punto de terminar la faena, una estilizada figura apareció en el mueble del pasillo, a menos de un metro. Era ella la autora de aquellos desechos. ¡Verde! Una iguana verde de espectacular tonalidad me miraba con ojos fijos, o eso creí imaginar. Unos instantes estuvimos así. Discreto miré a los lados buscando con qué atraparla. Sin perderla de vista, paciente, encima de una bolsa blanca. Una escoba rosa y el recogedor a la mano fueron providenciales. Mi mano fue más veloz que se movimiento sorprendido. La atrapé con la escoba y la puse sobre el recogedor. Tenía que apresurarme para evitar que escapara, así que caminé hacia el balcón para dejarla allí. Se cayó una vez, pero resbalando en el piso cerámico pude atraparla de nuevo y subirla. Apenas sentir el viento de la puerta abierta saltó al vacío. Seguí su vuelo con la mirada tres metros abajo. Un instante no perdió el control, o eso imaginé. Cayó suave y después de inclinarse a su derecha, creí que podría tener la pierna rota o lastimada. Se irguió de nuevo. Miré sus extremidades simétricas, sin daño aparente. Buscó orientarse. Avanzó en el empedrado. Mi vista advirtió una sombra veloz en caída. Un pájaro de tonalidades amarillas la persiguió treinta centímetros y en el primer intento la levantó y cambió el sentido de su vuelo hacia el lado de donde había irrumpido. El azoro me dejó sin respiración. La rapaz se paró en un cable telefónica. La iguana estaba aprisionada por el pico en la mitad del cuerpo. Su tamaños eran semejantes. Congelado y sorprendido me estremeció ver la ferocidad letal con que el ave movió su cabeza hacia la derecha para estrellar la de la iguana dos, tres, cuatro veces, y luego, al percatarse o sentir que se movía lo hizo una vez más. Fue suficiente. Mis sentidos me engañaron o escuché el golpe de la cabeza contra el cable a seis metros de mí, a la misma altura.

Con la presa inanimada, emprendió una vez más el vuelo hacia un árbol frondoso en la esquina contraria. En menos de un minuto la iguana verde, bella, había pasado de juguetear entre los muebles de mi casa abandonada, al pico que ya la tendría servida para comer ella o sus pajarillos. Un sentimiento de culpa me invadió. Pensé que pude dejarla allí, aunque sus desechos resultaban inadmisibles entre camas y juguetes. Cerré la puerta. La película se rebobinaba incesantemente ante mis ojos.

Sí, ese rostro de la muerte me desconcertó. No puedo decir que me dolió. Sería un gesto de ridícula sensiblería. Pero mi participación en la cadena alimentación natural me dejó un hoyo en el estómago que no era hambre.

Hoy vi otro rostro de la muerte. Esa otra expresión me conmocionó hondamente. La fotografía en primera plana de La Jornada es cruda, terrible, desoladora: el rostro infantil del futuro guerrillero o autodefensa (dirán los que todo lo justifican) que recibió un impacto brutal entre los ojos y le estalló la vida que apenas empezaba. Fue Ostula, Michoacán, el sitio del crimen de un o unos aguerridos soldados valientes y perfectos hijos de puta. Las noticias hablan de dos muertos, uno de doce y otra de seis años. ¿Hay explicación que valga?

De la pequeña iguana de verde bello y cuerpo estilizada nadie se acordará mañana, ni siquiera la rapaz ave amarilla que le quitó la vida en forma letal. Nadie. Pero ¿cuándo, cómo podrán hacer que una madre, un padre, unos hermanos olviden la despiadada manera en que asesinaron a su hijo, a la niña? ¿Cuándo podrán arrancarle esa imagen de la memoria a su madre? ¿Cómo restañarán la herida de una madre huérfana de hija muerta por balas criminal? ¿Lo olvidaremos nosotros, ciudadanos que lo vimos esta mañana o supimos ayer?

Hoy he visto dos rostros de la muerte. Uno, paradójicamente, para vivir, en una cadena natural por los siglos de los siglos. El otro, la enésima expresión de la maldad, la irracionalidad y la brutalidad de unos que se dicen seres humanos.

Comentarios

  1. 1J Aylin A. Hernández Reyes dice:

    1. It is amazing how with the passing of time is more common to see news about deaths, not men but children, innocent people, among others.

    2. But it is more amazing to see i am not surprised by this.

    3. The death can come when you least expect and of the way that I never imagined.

    4. We must value our lives, live and enjoy these every day and at all times.

Deja tu comentario