EN EL PARAÍSO

En posición de cazador de imbecilidades, vivimos días de jauja. La cosecha, abundantísima, llega por doquier. Una buena parte de la fauna política está empeñada en tomar lugar de honor en esta competencia de zafiedades. Si Carlos Monsiváis siguiera entre nosotros tendría material suficiente para duplicar la escritura de su columna, “Por mi madre, bohemios”.

Como este diario no tiene el propósito de exaltar a los nangos o a los cínicos, los dejaré a un lado, para contarles algo más intrascendente: hoy llegó a 23 páginas. Me acerco con entusiasmo a la segunda meta (la primera, llegar a diez sin pausa): 31 entradas en enero. La meta número 2 atravesó el estado fallido, no tanto como el mexicano, pero salió librado apenas con lo justo, y se enfila para su cuarta semana con renovada alegría.

Su objetivo, cabe el recordatorio, no son aplausos, reconocimientos, lectores o críticos. Es más simple: convertirse en cuaderno de prácticas, espejo invertido, mirador personalísimo, taller, caldo germinal. No hay intenciones redentoras, pedagógicas ni etnográficas. Leer, observar, escuchar, conversar, luego escribir. Nada más, nada menos.

En el paraíso

No soy asiduo a la prensa colimense, pero debo leerla. Tampoco exagero. No vale la pena, en general. Los boletines de prensa son la madre de todas (o casi) las noticias, y siendo así, que alguien pague porque se diga lo que desea, casi por definición lo descalifica ante mis ojos. Así que el universo noticioso no es amplio, y como abunda en pobreza de lenguaje, me obliga a dedicar tiempo a otras tareas. Lo que sí leo, con preocupación y a veces indignación, es la ola delincuencial que baña nuestra cotidianidad: asaltos a mano armada, asaltos en casas habitación, en negocios, ejecuciones hasta de tres por uno, etcétera, etcétera. Son inocultables, excepto para quienes cobran por adular, aquí o allá.

El problema de la seguridad entre nosotros no es asunto mediático. No es invención de medios para fastidiar gobernantes. Es tan real como el miedo de los ciudadanos, como la rabia, la impotencia o la indignación.

No me tranquiliza la defensa reiterada de que los implicados no son de Colima, no vivían aquí, y argumentos (sic) por el estilo. Adviértase lo obvio: vivimos en Colima, nuestro estado es parte de México, y no habría manera, en los próximos 200 años, de que Finlandia o Nueva Zelanda reclamaran como suyo nuestro paraíso tropical y de la mañana a la noche nos convirtamos en ciudadanos de aquellos países.

La violencia me importa, no me deja frío, y me calienta lo suficiente como para reclamar soluciones de fondo, no remedios de merolico.

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