FEBRERO 2

Las últimas semanas fueron laboralmente intensas. Como casi todas en el calendario, pero distintas ahora. Tengo por costumbre diversificar mi trabajo. Me cuesta sentarme una jornada de ocho, diez horas concentrado en un proyecto o actividad. No puedo. Me canso mentalmente. Necesito pasar de la escritura de un ensayo a la lectura; de la preparación de una clase a los apuntes para una conferencia y, en medio, caminar, levantarme un poco a mover piernas y brazos, mirar el cielo, las ramas de un árbol. O ponerme audífonos y escuchar música. Pero las exigencias me obligaron a concentrarme y apenas dieron paso a la distracción.

Los días previos estuve absorto en la lectura de la biografía sobre Torres Quintero que preparó la doctora María de los Ángeles Rodríguez Álvarez. No tenía margen; debía escribir un comentario para la presentación. Concluido, me quité un peso de encima.

Esta semana, con tiempos agotados, me concentré en terminar dos libros que tengo en fase final. El ejercicio me dejó exhausto. Los libros están a punto, pero falta. Y no me corre prisa. La semana cerrará después del punto y aparte, de eso estoy seguro.

Tengo un tercer libro en puerta. Es una obra colectiva sobre los 30 años de pedagogía en Colima. Sí, con ella festejaremos la tercera década de la Facultad de Pedagogía en la Universidad. A mitad del año, espero, estará lista la impresión y la compartiremos con estudiantes, profesores y egresados.

Para que no falten proyectos y motivos de ocupación, en estos días lanzaré la convocatoria para un libro experimental. Está dirigido a trabajadores de la Universidad de Colima, a casi todos los que no son académicos ni directivos. La idea es recuperar las voces de los personajes que no tienen asiento en presídium, que no reciben una constancia por su productividad ni son prestigiados por méritos académicos, que trabajan en proporcionar un ambiente agradable, en apoyarnos con servicios imprescindibles. No sé qué resultará. Ya pronto, muy pronto lanzaré la piedra al lago y espero despertar olas para entusiasmar a muchas y muchos que se animen a contarnos qué es la universidad, cómo la viven y qué quieren para ella, y para ellos en su quehacer.

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Mañana comienzo mi curso en la Universidad. Aunque tenía otros planes hace un par de meses, acontecimientos por venir me obligaron a regresar a la materia que impartí los semestres más recientes. Se llama “Formación Ciudadana”. Es un curso optativo para 15 estudiantes. A lo largo de 15 semanas trabajará con ellos en una propuesta que diseñé hace tres años y he venido actualizando periódicamente. Por su naturaleza, cada semestre tenemos motivos para que la realidad no salga del aula; esta vez hay temas relevantes, delicados, como las elecciones estatales, la violencia, el peso de los medios y la necesidad de ejercer el derecho a la educación.

Como cada ocasión, trabajar frente a grupo me despierta emociones y temores, ilusiones y desafíos, indicios de que siento la docencia como privilegio y no como obligación. Así llegaré al aula, con la pretensión de convertir el curso en aventura, no en canción de cuna.

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