FIN DE LA JORNADA

Terminó la semana más intensa de muchos meses. Tres conferencias, un curso y la presentación del nuevo libro. El balance es positivo; más que eso, estimulante. Pero no cabe la autocomplacencia. También preciso revisar, repasar, corregir, reforzar, renovar. Avanzo en ello.

El cansancio no aparece todavía. No hoy, mientras escribo estas líneas camino a casa. Es la segunda página que manufacturo en la misma carretera. Llegaré apenas a tiempo de subirla al Diario y no faltar a la cita por segundo día consecutivo.

Anoche regresamos a casa cerca de la medianoche. Exhausto pero despierto y con la adrenalina a tope.

De ayer muchas cosas podría recuperar; no lo haré, no quiero pecar de fatuidad. No resisto la necesidad de contarles el comentario irritado y desalentador de un estudiante universitario. Antonio, de nombre. Su discrepancia y exigencia me parecen saludables, pero la indignación debe dar paso a una forma de protesta creativa y, en el horizonte, a estructurar proyectos alternativos.

A su intervención estuve a punto de no responder, pero me pesó escuchar su desaliento. Y reaccioné: los maestros no tenemos permitida la desilusión como acompañante consuetudinaria. Aún en condiciones adversas, debemos creer que nuestro trabajo puede transformar y alentar ilusiones ajenas. Más: que un joven a los 20 declaré huelga indefinida de esperanza, constituye una brutal cachetada a lo que los adultos no supimos hacer.

Por eso, delante de los estudiantes normalistas de Manzanillo recordé la conversación pública con Antonio y les invité a asumir la docencia como un viaje de esperanza cargado de ideales. Sólo así es posible que transformemos la educación. No será fácil, pero es urgente y necesario.

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