Joaquín, ella y yo

Cuando salí del cuarto de hotel rumbo al restaurante me coloqué los audífonos, subí el volumen y alcé el cuello de la chamarra. Afuera hacía frío, excesivo para mi termostato tropical, pero me rehusé a comer allí, en la mesita minúscula con sillas incómodas, mirando la televisión en un pedazo de tres por siete, con una charola del room service donde apenas cupiera otra bolsita de sal.

La dura jornada laboral me había dejado exhausto y necesitaba calentar el cuerpo y el espíritu. Joaquín Sabina estaba en el reproductor de música. Sonaba una antigua canción, de aquellas que escuché por primera vez en Ciudad Universitaria, mientras caminaba distraído a principios de los años noventa. Peor para el sol, una canción que me acompañó y sigue.

¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?,


cada noche tengo uno distinto,


y siguiendo la voz del instinto


me lanzo a buscar…


Imagino, preciosa, que un hombre.


Algo más, un amante discreto


que se atreva a perderme el respeto


¿no quieres probar?



La canción me encanta. Está en el personal top diez del cantante y poeta. La historia que narra es envidiable si fue real; si no, también.

Vivo justo detrás de la esquina


No me acuerdo si tengo marido


Si me quitas con arte el vestido


Te invito a champán.

Siempre ilusioné una invitación semejante, aunque no llegara el champán y apenas alcanzara para tequila. Divagando avancé por los jardines del hotel. A lo lejos, titilaban las luces de la ciudad que no conocí.

Llegué a la mesa. Me atendió el mesero de los tres días previos con cara cansada. Hartazgo acumulado, del oficio rutinario y de la vida. Pedí lo mismo: agua mineral y un vaso con tres hielos. Miré desganado el menú. Había culminado actividades y tenía tiempo suficiente para dormir sin preocupaciones. Al día siguiente habría que desandar el camino. Una copa de tinto no sería mala elección, confirmé. Pedí salmón a la parrilla con verduras cocidas; de inicio, ensalada de lechugas con aceite y vinagre balsámico. No es el maridaje perfecto, pero yo tampoco. Dos copas, pedí al mesero, con una botella de tinto argentino. Sorprendido de la petición observó como un tonto a las sillas vacías y preguntó: ¿espera a alguien más? Hice a un lado el audífono derecho y atajé ocultando tristeza o malhumor, o ambos: No sé, tal vez sí. En realidad habría querido responderle: No te importa.

Al llegar al portal nos buscamos


como dos estudiantes en celo,


un piso antes del séptimo cielo


se abrió el ascensor.


Nos sirvió para el último gramo


el cristal de su foto de boda


no faltó ni el desfile de moda


de ropa interior.



En mi casa no hay nada prohibido


pero no vayas a enamorarte


con el alba tendrás que marcharte


para no volver.


Olvidando que me has conocido,


que una vez estuviste en mi cama,


hay caprichos de amor que una dama


no debe tener.

Con el estribillo me arrasó el caudal de recuerdos. Sabina siguió contando la historia de su aventura en aquel diálogo. Un trago largo calentó el estómago y aflojó la lagrima que aguardaba impaciente.

Es mejor, le pedí, que te calles,


no me gusta invertir en quimeras,


me han traído hasta aquí tus caderas


no tu corazón.


Y después, para qué más detalles,


ya sabéis, copas, risas, excesos


como van a caber tantos besos


en una canción.



Entonces, con el plato en la mesa, las dos copas servidas, una a medias, la otra intacta, escuché su voz clara. Imposible no reconocerla o haberla olvidado. Me moría de ganas, querido, de verte otra vez. Dijo en susurro. Levanté mis ojos del plato que comía sin alegría. Los audífonos cayeron en los hombros. Mis labios estaban cerrados, solo insinuaban una sonrisa. El corazón pegó un brinco. Era ella. Completa, de pies a cabeza, aunque no tuviera el valor de mirarla para evitar que huyera, interpretara exceso de pasión o solo desapareciera. Un instante la miré sorprendido, luego desbordado por una corriente que me surgía de abajo y subía incandescente a la cabeza. Sí, era ella. Enfundada en saco azul grueso, porque el frío calaba en el ambiente climatizado del restaurante. Me levanté lentamente y con un guiño le ofrecí la silla frente a mí. Una copa aguardaba vacía, la esperaba a ella.

Y entonces no se…
…

si soñé o era suya la ardiente

voz que me iba diciendo al oído,


me moría de ganas, querido,


de verte otra vez.



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