JUNIO 22

Hace varias horas estoy sentado frente a mi mesa de trabajo. Solo me levanté para lo indispensable: un nuevo café, un poco de agua, estirar las piernas, besar a mis hijos en su cama.

Como estaba previsto, terminé sin contratiempos una exhaustiva etapa en la preparación general del seminario que coordinará durante la semana en la Universidad de Sonora. Lo que viene serán detalles, más orientados por el ambiente grupal, la atmósfera que se respire, los participantes, el interés con que lleguen y sea capaz de alentar o inspirar.

El trabajo de varias semanas, propio y de mis dos practicantes durante el semestre, Angie Salinas y Liz Bernabe, se tradujo en casi 3 GB en el disco duro de la computadora. Ahora, solo me resta confiar en la calidad de lo hecho, y en que su acogida valga la pena y responda a las expectativas de la invitación. Ojalá.

Estoy cansado y querría leer un poco para cerrar la noche, pero antes la maleta aguarda implacable. Ya habrá tiempo suficiente para seguir leyendo durante el viaje. Y, espero, tiempo para contarlo.

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