LA DECENCIA EXISTE

El jueves 9 llegué a mi antigua casa con apenas media hora antes del compromiso. Debía recoger una corbata, anudarla y salir a la ceremonia de fin de cursos de Prepa Anáhuac. El tiempo era perfecto. No contaba con la broma del cancel. Una de sus chapas no funcionó y fue imposible entrar. Llamé a casa y pregunté a Laura si tendría allá una corbata que combinara con mi saco azul. Ninguna, ni para ese, ni para ningún saco. Las corbatas siguen en su sitio, impolutas. Un sudor frío me corrió entre los dedos.

Imperturbable, sugirió que pasara por Sears o Liverpool a conseguirme una. Estaba rumbo a mi destino. Con 21 minutos enfilé el auto a Zentralia. Calculé mentalmente cuanto tiempo tendría para el viaje. Decidí que la tienda rosa era mejor opción, porque su departamento de caballeros está en planta baja. Fijé plan: en ocho minutos debía entrar al estacionamiento, buscar el sitio más cercano a la puerta idónea, caminar los pasillos, encontrar la corbata que me acomodara, ubicar la caja, pagar la prenda, salir presuroso a cubrir el boleto de estacionamiento y regresar al coche. Perfecto. Me tranquilicé al ver que faltaban 14 minutos para las 20 horas.

El viaje fue tranquilo. Una cantidad inusitada de vehículos me pareció mal augurio en la plaza. Mis planes fueron atropellados. No encontré un estacionamiento vacío a menos de 150 metros de las puertas. Entré corriendo y con precauciones para no tropezar con las mujeres que buscaban las muchas ofertas de la tienda. Esa era la razón de que estuviera atestada. La barata de no sé qué.

Partí mi cabeza: elegir la corbata y al mismo tiempo encontrar una caja sin filas para pagar. En tres minutos y poco más cerré el pago. De nuevo a la calle. Fue la corbata más rápidamente elegida en mi vida, sin demasiadas vueltas. Me gustó. Tinto, como la camisa del Barça. Tres personas para pagar boleto de estacionamiento. Sin prisa ellas. Metí mi boleto: le quedan tres minutos para salir, anunció la máquina. Salí corriendo, como si hubiera robado. Doblé hacia el hospital universitario.

El nudo de la corbata quedó perfecto, creo, a la primera. Lo que tampoco es usual. Bajé del auto con dos minutos para empezar la ceremonia. Uf.

Si todavía siguen mi perorata, ahora me van a disculpar. No es eso lo que quería escribirles.

Quería contarles lo que para todos es una obviedad pero que no siempre atestiguamos: la decencia existe. Y cuando aparece, sin ser un milagro como el del pan y los peces, hay que multiplicarlo para seguir confiando, así sea cautamente. Aquí la mini historia.

Con mi casa cerrada debía llamar a un cerrajero. Los detalles me ahorro. El viernes por la tarde elegí “Cerrajería Martínez”, en V. Carranza. Llegué y me dieron la tarjeta del dueño. Acordamos encontrarnos hoy a las 9 en el domicilio. No llegó a tiempo. Le llamé para recordarle. Me ahorro detalles. Me contó que ya iba. A los cinco minutos me dijo que siempre no. Que si le podía esperar 45 minutos. ¿Es seguro que vengas? Sí. Sale. Y llegó, unos minutos después. En menos de lo que leen este párrafo el cerrajero motociclista abrió la puerta atrancada. Una y otra vez. Yo quería morirme. Era un detalle menor… pero me lo ahorro. Prefiero contarles que cuando le pregunté cuánto le debía, me dijo: nada. Continuó: me esperó más que lo hecho. Gracias. Prometí llevarle al negocio unas llaves que debo duplicar.

Se llama Edgar López. Les dejo su teléfono por si necesitan: (312) 312 5517. Nextel: 139 39 73.

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