LA MAÑANA DE UN JULIO CALIENTE

imageI. La mañana de aquel julio caliente lo despertó con amargura en la boca. El desagrado le obligó a preguntarse qué había cenado para tener esa sensación que no llegaba a un ataque de reflujo, si así puede llamarse a su mal de juventud. La habitación en penumbra reflejaba que no era hora del primer café. Se removió entre las sábanas ligeras para reanudar el sueño, pero la embarcación había zarpado y no pudo alcanzarla. Unos minutos le convencieron que no, que no habría más horas de descanso. Resignado abrió los ojos y miró las aspas del abánico. Qué hacer. Fue la primera pregunta. Varias respuestas vinieron en estampida. Se acomodó entre las sábanas, casi a 90 grados, y luego de restregarse la cara pensó: ¡es un buen día! Sí, inmejorable para escapar de la rutina.
Bajó la pierna izquierda buscando sus viejas sandalias. Solo al encontrarlas puso la derecha en el piso. Antigua rutina. Nunca bajaba los pies al despertar. Es malo, le dijeron sus abuelos. Y lo creyó. Años después lo repetía maquinalmente.
Lento fue a la cocina. Puso una olla de agua a calentar y luego lavó una manzana. La sintió fría en exceso por el refrigerador, así que tomó un trapo y la frotó sin prisa, mientras buscaba en el fondo de la olla de acero la primera burbuja. Se quedó allí, embobado, incluso cuando mordió la manzana.
Con la taza de café humeante, ligero olor a canela, entró a la biblioteca. Se sentó. Abrió la Mac, siempre encendida, y buscó Word. Con letra Garamond escribió casi sin parar 780 palabras. No tenía un título, no sabía qué nombre era apropiado y, contrario a su costumbre, no importó. Tal vez el motivo obligaba a cambiar hábitos.
Aquella mañana cumplía 200 páginas escritas en el diario. Su Diario 2015. El tema salió limpio, o casi. Como sucedía cuando tenía muy clara la idea. Lo revisó y luego salió del cuarto. 24 minutos había permanecido. El cafe, tibió aún, le recordó la orfandad del estómago. El refrigerador lucía poco apetitoso. O sí, pero no para calentar sartenes, aceite de oliva, romper huevos o freir jamón No. Era un día especial.
Subió a la habitación y sacó su vieja mochila negra. La miró con cariño. Aún aguantaría un par de años, creyó. Sin dudas metió dos camisas, un pantalón, su cepillo dental, un desodorante. Un plan cobraba forma en la cabeza. Terminó y satisfecho cogió la mochila, la puso en el hombro izquierdo, guardó su cartera después de contar los billetes que hospedaba, revisó la carga de su teléfono y entonces, solo entonces, pensó qué carajo leer. Frunció ceño y labios, revisó mentalmente qué sería ideal. Sí, una sonrisa descarada le llevó a tomar de su librero de pendientes “La analfabeta que era un genio de los números”, de Jonas Jonasson. El mismo del abuelo que literal y físicamente no tiene madres: “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”. Echó en la mochila ese y otro más que no pude leer en la portada.
Decidido tomó las llaves de la casa, hizo a un lado las de su coche y al pasar por el perchero se encasquetó el sombrero que creyó más cómodo, aunque viejo y un poco maltrecho. Cerró la puerta y tomó la calle. El día era joven. Como las ilusiones de ese ocasional vagabundo en pos de taxi.
II. La guapa despachadora lo miró con recelo. Sombrero de ala ancha, lentes de sol antes de las 9, audífonos con un cable que en la cintura daba vuelta a la bolsa del pantalón de mezclilla. Pidió un boleto sin regreso: asiento solo, segundo piso y en el próximo. 48 minutos esperaría. Viró buscando un asiento y lo ocupó. Al sentarse un pensamiento se le clavó como alfiler en la nalga. ¡Laputamadre! Su página para ese día no había sido guardada en el blog. No. No iba a volver a su casa y perder más de dos horas. Ya lo haría en su retorno. La tarea estaba cumplida; la página 200, escrita. No era un concurso, se dijo, para bajar su ansiedad, y la tarea estaba hecha. No había fallado. Se acomodó y esperó los 43 minutos que faltaban para tomar el autobús. Abrió el libro y con sonrisa jubilosa dio vuelta a las primeras páginas de la novela de Jonasson.

Comentarios

  1. arthur dice:

    esclavizado a la palabra!

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