MIGUEL HERNÁNDEZ

MiguelHernandezEl fin de semana leí una breve biografía de Miguel Hernández. Una de las muchas que se han preparado del poeta de aciaga existencia y trágico final prematuro.

Hasta ahora he leído cuatro o cinco, pero siguen interesándome los nuevos ángulos que me descubren sus autores. Me atrae la vida bucólica del niño cabrero, del joven obstinado y adulto rebelde, amoroso padre y marido, políticamente comprometido, imperfecto también.

La que ahora leí, escrita por Leopoldo de Luis, acompaña la antología La savia sin otoño, preparada por él mismo y publicada originalmente en 1990.

Como sabrán los lectores consumados o admiradores del poeta, “savia sin otoño” es parte de un verso del inolvidable y poderoso poema Para la libertad.

La biografía, las autobiografías son un género que disfruto por sí mismas, por la hechura, su belleza literaria y por las enseñanzas vitales.

Casi permanentemente estoy leyendo una. Antes fue la historia de Marie Curie, estupendamente trazada por Rosa Montero (La ridícula idea de no volverte a ver). Ahora mismo sigo leyendo la extensa biografía de Gay Talese, y recientemente adquirí tres más: una de Eduardo Galeano, hecha por Fabián Kovacic; otra del expresidente José Pepe Mujica, obra de Allan Percy y la tercera de Leonard Cohen, de Alberto Manzano.

Probablemente las vacaciones inminentes en el calendario sean el momento propicio para leerlas, disfrutarlas, y, por qué no, aprender un poquito en este inagotable camino de búsquedas personales, profesionales, intelectuales.

 

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