NAVEGANDO ENTRE LIBROS

Como circo de tres pistas, así trabajo esta mañana desde temprano. Comencé corrigiendo en papel, por enésima ocasión, El ocaso neoliberal. Ensayos sobre educación, un libro con documentos escrito durante diez años para distintos propósitos. Es una aventura. Trato de actualizar ideas, concederles cierta unidad, evitar repeticiones, armarlos con la vigencia debida. Después de esta corrección iniciaré su edición digital, para luego, con las autorizaciones legales correspondientes, léase ISBN, ponerlo a disposición en descarga gratuito. Es un deseo, una meta.

Comienzo a leer también un libro de Cecilia Bixio, profesora argentina de la Universidad Nacional de Rosario. No tuve la fortuna de conocerla, pero ya habrá oportunidad. El texto se llama ¿Chicos aburridos? El problema de la motivación en la escuela. Quiero armarme con algunas ideas de cara al próximo curso en pedagogía. Huelo una fuente para abrevar. Para muestra, este párrafo:

Adherimos, con todo lo dicho, a un modo de pensar nuestro mundo de hoy y sus instituciones, al que llamamos junto a Caruso y Dussel “optimismo localizado”. Ni el pesimismo que nos deja atados melancólicamente a un pasado y a unas representaciones que obturan la posibilidad de construir nuevas; ni tampoco el optimismo ingenuo que presupone que la educación puede transformar la sociedad y que buenas personas, educadas y cultas podrán construir una sociedad mejor, a fuerza de voluntad racional y empeño.

Finalmente, sigo leyendo la biografía novelada de Gregorio Torres Quintero, que la doctora (colega y vecina en la facultad), María de los Ángeles Rodríguez Álvarez, Mara, produjo después de extensa investigación a lo largo de la década. Además de aprender sobre el autor del método onomatopéyico, estoy conociendo historia y los giros particulares del habla colimense de la última parte del siglo XIX y principios del XX. Y no solo de entonces, pues muchos de ellos me resultaron familiares por la infancia.

Cuando Miguel Ángel Santos Guerra, extraordinario maestro español vino a Colima invitado por la Universidad Multitécnica Profesional, estuve en la comida con él y un grupo de funcionarios de la universidad. Sentado a su lado conversamos agradablemente dos o tres horas. Nos decía que en Málaga, la universidad de donde se jubiló hace poco (pero creo que extensible a otras, a todas), los profesores no saben con detenimiento lo que sus colegas investigan, porque no se leen, o no asisten a la presentación de libros de sus compañeros de departamento.

Lo recordé ahora porque en mi facultad también nos sucede. No es generalizable, pero sucede. Y aunque por voluntad propio no sé si la agenda me habría permitido leer el volumen que Mara vació en 600 páginas, su gentil invitación para comentarlo, me obliga a lo que ya está resultando un placer y ocasión de aprendizajes pedagógico, vital e histórico.

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