OCTUBRE 18

Los grupos empresariales de Colima, envueltos en banderas de la sociedad civil, de un tiempo a la fecha, es decir, en periodos electorales, cobraron visibilidad en múltiples ámbitos de la vida pública, criticando malos gobiernos, levantando propuestas y exigiendo cargos para sus miembros.

¡Qué bueno por ellos! Es un derecho. Su capacidad de interlocución es incomparablemente superior a las de otras organización con fines sociales. Buenos empresarios, por tanto, podrían ser impulsores de cambios positivos, o agudos críticos de malas prácticas.

Pero su participación hay que juzgarla no solo por el protagonismo en ciertos tiempos, tampoco por intenciones declaradas; cuentan sus hechos y la coherencia.

Si en verdad les preocupa la gente, el destino de Colima, podrían dar muestras contundentes empezando donde hay que comenzar: en sus empresas, con sus empleados, en aquello que pueden realizar sin necesidad de alardes, sin difundirlo ni tener que pedir permiso.

Yo diría, por ejemplo, que los negocios que trabajan 24 horas podrían establecer otras condiciones para sus empleados: pagar más, ofrecer mejores prestaciones y aligerar mortíferas cargas laborales.

No entiendo, todavía, si se justifica que cada pocos cientos de metros tengamos una de esas tiendas, o una farmacia, para que los consumidores lleguen a comprar chucherías en horas de la madrugada. Sí, quien tiene antojo de papas o una coca cola sabe que siempre estarán frías y listas muy cerca, pero quien mira la cara de esos empleados, trabajando día y noche, noche y día, sin necesidad de ser médico, advertirá que el efecto sobre las vidas de esas personas puede ser funesto algunos años después.

Si enmiendan sus políticas laborales podríamos empezar a sospechar que sí tienen genuino interés por el bienestar de los otros. Con eso podrían darle solvencia ética a sus argumentos.

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