POBRES Y EMPRESARIOS

Para el proyecto donde analizo el cumplimiento del derecho a la educación leo dos informes de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) y las Naciones Unidas. En uno reviso las cifras sobre la pobreza en el continente. Una constatación inquieta: seguimos careciendo de definiciones universales sobre la pobreza y su medición.

Aunque en el siglo XXI hubo avances en el tema y se redujo de manera notoria en las estadísticas, persisten problemas y efectos. Visto con detenimiento y no poca ironía, podríamos afirmar que el avance mayor es no haber empobrecido más a las sociedades latinas.

Una gráfica del informe (Panorama Social 2013 de América Latina y el Caribe) exhibe la evolución entre 1980 y 2013. En términos porcentuales, para 1980 había 40.5% de pobres y 18.6% de indigentes. Para 2012 se redujeron a 28.2 y 11.3%, respectivamente; para el año siguiente se estimaba en 27.9 y 11.5%. En millones de personas esto significa que pasamos de 136 millones de pobres y 62 millones de indigentes en 1980, a 164 y 66 millones en 2012. El cálculo para 2013 empeoraba: 164 y 68 millones.

La conclusión es sombría: cuando la mayor parte de los gobiernos de la región en Sudamérica dedicaron políticas y recursos para su combate, la pobreza no se redujo en la realidad continental. Además, persisten las desigualdades.

Mis preguntas se relacionan con el impacto que todo ello tendrá en el sistema educativo, en las escuelas y en la educación de niñas y niños, en el trabajo cotidiano de los maestros. Son niños y niñas las víctimas más vulnerables, las principales en un fenómeno que hace años llamaron “infantilización de la pobreza”. La predicción es fatal: A un promedio de diez puntos porcentuales de disminución por década, llevaría medio siglo más eliminar la pobreza infantil en la región.

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Camino a la universidad escucho un programa radiofónico local de noticias. Informan de la ratificación o reelección del presidente de CANACINTRA. Un fragmento de entrevista al susodicho inquieta: advierte que los empresarios deben ocupar cargos públicos, pues son ellos quienes saben de administración.

No sé en qué país vive, porque en este, hace tiempo la economía, es decir, el país, se administra como una empresa, en puestos públicos se opera como gerencias y los discursos son privilegiadamente empresariales.

Después leo su declaración: “es necesario que los cabildos sean manejados por personas que sepan de administración para que los hagan rentables y no sigan presentando los endeudamientos que hoy padecen”. Su crítica a las administración actuales es palmaria, pero el principio falso: Vicente Fox, empresario y administrador, no fue el modelo de excelencia. En Colima el ayuntamiento que mejor manejó sus finanzas, a juzgar por hechos recientes, no lo administra una profesionista de ese ramo.

Corríjase entonces, pues debió decir, en legítimo derecho, que quieren seguir administrando la función pública como empresa. Si saben hacerlo o no ya lo juzgaremos los ciudadanos, que no clientes. Por lo pronto, “México S. A.” no es una empresa rentable para más de cincuenta millones de mexicanos pobres.

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Hago una pausa a mitad de la jornada. Es mediodía. En la pantalla tengo un documento: El analfabetismo funcional en América Latina y el Caribe. Contrasto datos y anoto en mi pequeña libreta que comencé por el final. En la mesa corrijo un libro que titulé El ocaso neoliberal. Ensayos sobre educación. En la página 35, la quinta parte, me sorprendo apresurado y leyendo con descuido. ¡Alto! No más por hoy. Busco un archivo que recibí hace poco. Intuyo que será distracción didáctica. Lo descargo, comienzo, me atrapa. Sí, es una lúdica compilación de textos cortos con un nombre elocuente, “Así escribo”.

Cierro este diario y sigo con ellos, aprendiendo. Intentándolo.

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