PRIMER DÍA DE VACACIONES

Vacaciones sólo de la Universidad. Ajetreo más o menos normal. Un par de reuniones por la mañana. La primera, personal. La segunda, laboral, también fraterna, con motivo del nuevo libro que preparamos sobre el treinta aniversario de la Facultad de Pedagogía. Me gusta trabajar con gente abierta, sensible, que escuche y opine, que enseñe.

No pretendo trabajar menos que en época laboral. La única diferencia es el ambiente. Las horas de trabajo serán más o menos las mismas; la motivación, superior. Variará la agenda. Un descanso en la mañana para preparar desayuno, otra taza de café, un mate. A mediodía, un almuerzo sustancioso, y tal vez una siesta en plena hora de calor. Dos amaneceres en el día son un lujo, diría René Lavand. Luego, un poco de tele. Una rutina distinta. Hijos dando vueltas, preguntando, distrayendo, recordándote que son vacaciones y no puedes perder demasiado tiempo en cosas que siempre pueden esperar.

*

Hacia las 14 horas decidí acostarme a seguir leyendo Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte. El pasaje que leo ahora es espectacular. En algún sitio de París dialogan don Hermógenes, el almirante y el abate Bringas. Imperdible. Solo recordarlo me incita a dejar la página que escribo y regresar a su conversación. Esperaré. Todavía hay ceniza que levantar.

Mientras leo, Juan Carlitos se acuesta a mi lado con su iPad. Se enreda entre las almohadas, la suya, grande, amarilla, impregnada de sus olores. Se remolinea y sigo en mi lectura. De pronto se levanta como muerto en ataúd; su afirmación me sorprende:

-Papá, papá, ¡ya sé cómo funciona el sol!

-La propiedad con que se expresa me obliga a mirarle por encima de los lentes.

-¿Y cómo funciona? Le pregunto, mientras dejo el diálogo de los académicos de la Lengua Española en pausa.

Suelta un largo discurso sobre el funcionamiento del sol. Su disquisición pasa por la geografía; Argentina y Uruguay son puntos de referencia para su explicación. También discurre sobre los efectos del sol en el cuerpo humano y la sombra que proyectamos, según la hora del día.

Sí, me sorprende. Algún científico dirá que son bobadas. Y yo sería bobo si le hago caso al científico. Solo acierto a decirle:

-Ey, ¿y cómo sabes tanto?

Modesto, sencillo, sin alardear, me contesta y baja sus cartas:

-Yo lo sé.

Ya no tengo nada que decirle. El regresa a su iPad, le pido que acerque su cabeza para besarle y sigo leyendo.

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