PROHIBIR LA ESTUPIDEZ

Con excepción de algunas cosas que deben ser prohibidas, como la estupidez o la ignorancia (adviértanse mis dudas sobre su carácter de derecho), no soy partidario de las prohibiciones. Casi todo lo prohibido en nuestras sociedades algo esconde y favorece ciertos intereses, y casi todo lo que se prohíbe suscita efectos regresivos.

Hoy, por ejemplo, la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas en Colima por la jornada electoral me recordó los tiempos en que vivíamos allá en el rancho grande.

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A veinte minutos del cierre de las casillas espero con paciente impaciencia el flujo informativo que nos empiece a despejar dudas, confirmar pronósticos y provocar alegrías por los votados y muchísimo júbilo por los botados.

En las elecciones no deposito expectativas desmesuradas. No creo en los santos Reyes (ni en los monarcas del jet set o de los reinados europeos), ni espero una nueva época para Colima, no porque no la juzgue imprescindible o deseable, sino porque las señales que nos regalaron las campañas electorales fueron abrumadoras en el sentido de que muchas de las capas profundas del problema político siguen invisibles o intactas.

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A mediodía voté. Adelante, en la fila, solo dos personas, así que no esperé mucho. Las funcionarias eran todas mujeres, señoras muy serias y eficientes. El pequeño salón estaba copado por las cuatro urnas al centro, las enclenques mesas para la votación, y casi una decena de representantes de partidos sentados en dos lados del salón de preescolar. Mientras buscaban mi nombre fue inevitable, por hábito, pasear la vista por el salón, mirar las fotos de los niños y niñas que asisten cada mañana, con sus nombres claritos. Un espacio agradable que, intuyo, es habitado por una maestra entusiasmada por su carrera. Con las cuatro papeletas entré a mi mampara, la única vacía. Dos votos fueron ejercidos sin dilación; un tercero me distrajo de más, el último me provocó pánico. Asomé un poco a puerta del salón y regresé para votar el cuarto. Doblé mis papeletas y salí del salón.

De lo que ahora estoy convencido, más que nunca, es que el voto razonado, bien razonado, me pudo haber dejado en casa sin remordimientos de conciencia ni golpes de pecho.

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