Prolongando el final

El estudio en penumbra apenas se iluminaba con la pantalla de la computadora en la mesa de trabajo. La ventana recibía en sus cortinas el tímido viento fresco. Los cantos de las aves en las ramas de los árboles eran armónicos, audibles sin estridencias, como respetando la última etapa del sueño en la ciudad casi desierta. Libros encimados en un par de sillas, dos enormes diccionarios y otro de sinónimos, uno abierto de par en par sobre el gran atril que había recibido de regalo una navidad muchos años atrás. El iPad sin pila después de una noche de lectura. Era el ordenado caos del escenario.

El hombre maduro, joven aprendiz de escritor, que una mañana, trece meses atrás, había visto encenderse la luz de la escritura mientras caían las hojas de las jacarandas frente a su ventana, seguía sentado casi en la misma posición. Su actitud parecía de tristeza. Así los reflejaban los ojos, con un apagado brillo, dolorido, un color de piel escasamente vigoroso. Era un retrato atravesado por sentimientos en la escala del pesar. Los kilos de café bebidos, los garrafones de agua, las botellas de vino tinto consumidas se acumulaban en algún ignoto inventario; tantos, que podría decirse que nunca una persona consumió tantos productos de ese tipo en el mismo tiempo, sin efecto alguno visible.

Muchos meses después, con flores de jacarandas que habían vuelto a ponerse y caerse, a la historia le faltaba el final. Y una historia, como queda claro, no está terminada, no existe, sin comienzo ni final afortunado. No tenerlos equivalía a no poseer una historia entre las manos, a no ser capaz de resguardar para siempre en el mundo de las páginas un trozo de su vida, que era la única manera en que podría sobrevivir a la desventura, como la persona arrancada de su paisaje, como la foto de pareja que se tijeretea después de la enésima discusión.

Bajó los brazos el hombre. Cansados, cansado todo él. Afectado como no lo recordaba en su delirio. Giró los ojos a la esquina. Despuntaban rosados rayos del sol después de la lluvia nocturna. Entre los edificios vecinos podía adivinar la hora por los haces luminosos. Y cómo no, si había pasado en ese sitio sin levantarse innumerables días. Volvió la vista al frente. Las ramas secas de la jacarandas apena sostenían hilos violetas, algunos retazos del verde que comenzaba a germinar. Las últimas hojas lo habían visto febril, solo levantándose de la computadora para servirse café, agua mineral o salir por una bolsa de comida.

La historia, como se dijo ya, estaba casi terminada, pero sin final también podría afirmarse que no estaba escrita aún. El hombre, cansado, se resistía. Sus manos no le obedecían a las tímidas órdenes que enviaba el cerebro. No quería escribir el final, no podía escribirlo. Hacerlo, a pesar del deseo ferviente, equivalía a quedarse de nuevo sin nada, sin la historia, sin proyecto, sin nadie al lado, aunque fuera en el archivo de una computadora, solo en la compañía de miles de palabras.

La tensa, impaciente espera era la única liga a un charquito de vida; no quería hundirse, ni que se secara para siempre. Allí seguiría, con los brazos caídos, con las pies destrozados como los crucificados en la época del nazareno, como un corazón extinto. Prolongando la larga espera en que tendría, irremediablemente, que poner fin a la historia, aunque se congelaran los dedos encima del teclado negro.

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