VANIDADES DE LA ACADEMIA

De visita en mi cubículo, frente a la puerta, Juan Carlitos pregunta:

-Papá, ¿qué dice ahí?

Distraído con el manojo de llaves apuntando a la chapa, levanto los ojos, miro su cara, sigo el dedito, observo y respondo:

-Doctor Juan Carlos Yáñez Velazco. Así dice.

En el umbral de la puerta abre sus ojos bellos, desconcertados. Me repite la pregunta alterando su voz, enfatizando el tono:

-¿Así te llamas? ¿Te llamas doctor juan carlos yáñez velazco?

-No, hijo, no. Así lo pusieron en la puerta. Me llamó nada más igual que tú.

Sonriendo deja su muñequito de Mario Bros en la mesa y repite para sí.

-¡Doctor juan carlos yáñez velazco!

En ese momento, como ahora que escribo, me habría gustado tener un “corrector” líquido blanco a la mano y corregir mi nombre. Limpiarlo. Llamarme como me pusieron mis padres. Así pienso.

Por eso me resulta curioso (no quiero ser grosero con la palabra precisa) que muchas y muchos doctos doctísimos doctores que conozco no puedan firmar sin su grado académico. O que, por ejemplo, publiquen en prensa y agreguen su título escolar, que certifica la existencia en el mundo de las vanidades académicas. Peor aún, que corrijan a un menor en jerarquía cuando osa llamarla por su nombre.

Cuando Pablo Latapí Sarre recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, Manuel Gil Antón leyó un estupendo discurso. En principio advirtió que la sabiduría corre en sentido contrario al uso formal y demagógico de los grados académicos.

“La cuestión es ‘perder’ el doctorado”. Así comenzó su loa el investigador de El Colegio de México. Y explicó, citando una conversación personal entre el psicólogo/psicoanalista Santiago Ramírez y su hijo, del mismo nombre. El padre, para ilustrar los retos por venir, cuestionó al hijo:

¿Cuando has oído que se diga Dr. Hegel, Dr. Marx, Dr. Freud, Dr. Einstein o el ínclito Señor Doctor Max Weber?

Pues sí, mientras no se tiene un nombre propio, hay que agregar el Doctor o Maestro en Ciencias, para sostener la pobre, dañada autoestima.

Comentarios

  1. arthur edwards dice:

    Interesante como títulos de nobleza que fueron prohibidos por la constitución fueron reemplazados por los de escolaridad…siempre a favor de cierto elitismo.

  2. Guillermo dice:

    Saludos Juan Carlos, me parece genial la idea que plasma. Y principalmente por el origen de su reflexión, la inocencia y sabiduría natural de un infante.

    Gracias por regalarnos este sorbo de vida.

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