VOTO EN BLANCO

Participo en este exclusivo grupo de la sociedad (los que tenemos tiempo, equipos y relativa tranquilidad laboral) que discute o comenta sobre la abstención y el voto nulo. He seguido algunas tertulias en redes sociales, no muchas, pero suficientes para comprender las posiciones generales en el tema.

Tránsfuga de la academia más rancia y abstracta, me recluyo a veces en la literatura. José Saramago es mi “teórico” mayor en el tema. No pasó por la universidad, no es doctor en letras ni ciencias políticas, pero la inteligencia y la coherencia no se compra con títulos universitarios. Y como tampoco soy doctor en letras o ciencias políticas, prefiero leer a Saramago o Eduardo Galeano para asomarme a la realidad con algunas ideas, indignación y, a veces, cauto optimismo.

Que sí votar, que no votar. Que votar es favorecer al poder del narco; que no votar es peor porque nos costó mucho hacerlo. Argumentos respetables de amigos responsables, hasta entrañables.

Votar al menos peor es botar el voto al bote. No tengo duda. Significa legitimar y perpetuar lo que tenemos en este marco normativo. Significa un boleto de viaje para tres, seis años, una década en un régimen que no tiene salida. Nelson Mandela fue preclaro: un sistema corrupto mejor cambiarlo, no perdamos el tiempo en reformarlo.

En verdad, me pregunto: ¿hay alguna diferencia entre Lagrimita o Cuauhtémoc Blanco frente a la pandilla de vividores y golfos que abundan en la clase política? Sí, sí la hay, no tengo duda, y no creo que sea a favor de los segundos. Si por los primeros no meto la mano, a los segundos no invito a mi casa.

 

 

 

 

 

 

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