De paso en Ciudad de México

Estoy de paso en Ciudad de México. Apenas 26 horas respiraré los aires ahora frescos y menos contaminados de la capital. Contra los pronósticos, no había lluvia al tocar tierra; el clima es benigno para el visitante tropical.

El traslado del aeropuerto al hotel fue paseo. Cansado de las horas de espera y de estar sentado en un espacio diseñado para personas de unos 130 centímetros de altura, aproveché el final de la tarde y salí a caminar por Insurgentes hacia el sur, en territorios conocidos y algunos entrañables.

Frente a los restaurantes Saks saqué el teléfono del pantalón, sin precaución, y quise tomar una foto al camellón de tonos verdes, para recoger el contraste con las luces amarillas que comenzaban a iluminar el pavimento negro mojado.

Unas llamadas me distrajeron poco antes de la foto. Un chico joven, vestido de negro y chamarra para tiempos más fríos, me estiraba la mano con un billete. Se le cayó, me dijo. Sorprendido, apenas agradecí cuando él ya enfilaba a su kiosco en la diagonal.

He vivido y caminado muchas veces estas calles. Jamás vi o viví algo semejante. En mi anterior parada en el mismo hotel, a 350 metros en sentido contrario, presencié un asalto de tres tipos en moto a un par de ancianos esperando el semáforo en verde, a centímetros de la avenida que atraviesa la ciudad. Así nomás, mientras todos mirábamos y los barbajanes con sus pistolas forcejeaban con el anciano que salía tras ellos desesperado y tratando de pedir auxilio.

Pues ahí mismo me sucedió este milagro de la honestidad, que me hace creer que por cada uno de aquellos tres sátrapas existen muchas buenas personas, que, por ejemplo, te devuelven un billete y de paso una sonrisa. ¡Más nos vale que así sea!

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