Día de los Inocentes

La matanza de los niños de Belén es uno de los pasajes más estremecedores en esa novela portentosa de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. No es mi favorito, por la brutalidad del hecho, pero sí por la crudeza de sentimientos antagónicos, de la consecuencia fatal de momentos de flaqueza, por la debilidad de carácter o la falta de lucidez para tomar la decisión certera en el momento oportuno, pecado que cargará como viacrucis permanente José, el padre del niño Jesús, al escuchar casualmente la conversación sobre la orden del Rey Herodes I.

Ojalá durante los días 28 de diciembre todos los males fueran solo broma, jugueteos de adultos que en la fecha deciden acamparse en territorios de la infancia, cuando la risa es compañía cotidiana y el dolor se esfuma pronto. Lo sucedido afuera del estadio de las Chivas, en Guadalajara, o el atentado en Somalia, desechan toda teoría del mundocolorderosa por unas horas.

La violencia y la estupidez borraron la palabra “tregua” de su diccionario.

Pepe, una vida suprema

Anoche llegué a casa molido y con ganas de pasar la página. Aprovechando una recomendación elegí el documental de Emir Kusturica sobre Pepe Mújica, estrenado recién en Netflix.

Sobre una selección estupenda de tangos, conocemos o reconocemos la sabiduría que acumula el expresidente uruguayo y algunas de las personas que más cerca estuvieron y siguen. Sin estridencias ni pirotecnia, se conjugan el arte del cine y de la palabra.

Lo mejor de la noche: los últimos minutos los viví en compañía de Mariana Belén, quien se acercó, se sentó detrás de mí y dejo sus ocupaciones por unos minutos. No sé si lloró como yo con el final; pero ella tal vez sí, sensible como es, cuando me quité los lentes para limpiarme los ojos y sorber los mocos. Fueron lágrimas que mezclaron sentimientos por los santos inocentes y los eternos demonios.

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