El milagro de la vida

El martes pasado Juan Carlitos se negaba a despertar por la mañana. Le insistí en levantarse y, aunque usualmente es reacio, ese día lo sentí distinto. Pidió no ir a la escuela. Su sinceridad era inapelable. Se quedó en casa y poco después aparecieron dolores en sus piernas. Comenzó así una cuarentena pesada, que enfrentó con valentía, incluidas un par de noches de fiebre y dolores extremos. El decaimiento era notable en su espíritu festivo, gritón y dinámico. El jueves por la tarde, al llegar de la oficina, lo encontré acostado en su cama y mirando la tele. Me pareció verlo más grande que en la mañana. Pregunté cómo se sentía y respondió que mal. A diferencia de todos los días, apenas sonreía y su cara replicó. Le insistí si no estaba un poquito mejor, anhelando un sí, pero no mintió. El viernes se levantó y camino, en algún momento fue el mismo de siempre, y a la distancia lo escuché casi normal, de no ser por la voz enronquecida.

Hoy se paró de mala gana para salir de casa. Era mediodía. Con enfado lo vi ponerse la ropa, entonces, como un milagro, aparecieron dos piernas más largas, unos brazos flacos pero estirados y una espalda poco más ancha. Sonreímos mientras bromeaba con su pelo alborotado que se niega a peinarse excepto para la escuela. Sus ojos, vivaces de nuevo. Ya no le dije nada. Caminé atrás de él. Respiré hondo y complacido por el milagro de la vida, en esas edades tempranas en que un día están tirados en la cama, ardiendo en calentura, y al otro salen corriendo sin respeto al horario ni a las costumbres, como canta Joan Manuel.

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