El oficio de profesor

Cerca de las 7 pm. volví al cubículo luego de dos horas de clase. Cansado por despertar temprano y la labor intensa de la mañana, no tenía ánimo para continuar, aunque la agenda reclame atención. Sin prisa, encendí la luz, revisé la actualización pendiente de la computadora, que ya había concluido, entonces la apagué, guardé mi libro, un cuaderno, los lentes en su estuche azul y la pluma en la mochila gris. Revisé que no quedara nada, ordené los pendientes del nuevo día y puse llave en los cajones del escritorio. De pie, cerré la persiana de la pequeña ventana que mira un pedacito del cielo y los árboles de la avenida. El cielo nublado y algunos gritos en la calle me distrajeron. Entonces pensé que el mío, el oficio de profesor es un privilegio: casi nunca concluyo el día laboral con quejas por realizar un trabajo que no me gusta; casi nunca lamento estar donde estoy, y casi siempre me voy recapitulando que algo salió bien y luego podrá ser mejor. El de profesor universitario, mi oficio, es una fortuna. Habrá quienes lo sufran, y se los creeré; o quien lo maldiga todos los días, incluida la quincena. No es mi caso. No quiero con eso desatar pensamientos torcidos: también tengo malos días, debo realizar actividades que no me gustan, como llenar informes absurdos o planeaciones insustanciales, pero a ese tipo de tareas no les huyo, las mido, las encaro y trato de acabarlas en la primera estocada. Luego a lo que disfruto. Así hoy, como ayer, como casi a diario.

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