La política es un péndulo implacable

Péndulo. Esa es la imagen que me viene a la cabeza luego de las elecciones en Uruguay, un país que parecía estar vacunado contra ciertas tentaciones.

En realidad, los casos paradigmáticos abundan. Pasó en España varias veces en estas décadas, entre PP y PSOE; en México con el triunfo del PAN y el retorno del PRI. En Brasil, luego de Lula y Dilma. En Argentina con los K, Macri y el retorno de una de las interpretaciones peronistas.

Las decisiones populares van y vienen, apuntan a un lado y luego el viento las sopla en sentido contrario. Las decisiones de los gobernantes avivan los fuegos y fueguitos. Uno puede suponer que no hay remedio, que es así, una condición de la democracia y mejor acostumbrarse. Como ciudadano uno puede tener la esperanza que si no le gusta el gobierno que no votó, habrá oportunidad, más tarde o más temprano, de darle la vuelta.

Los que parecen inmortales son los que llegan, se sientan, y de pronto, con la varita mágica de la prepotencia tocando su rabo suponen que su mandato es divino y omnisapiente. Ocurre en los países, en los estados y en las instituciones. Pero siempre, más tarde o más temprano, el viento soplará en otra dirección y los omnipresentes de ayer perderán el halo que creían poseer, y otros llegarán para ocupar su lugar. Siempre.

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