Lo niego todo

Anoche comencé a ver Lo niego todo, el concierto en vivo de Joaquín Sabina. La cita había esperado varias semanas desde que conseguí el disco en Mérida. Ayer era el momento. Mi situación de víctima de desahucio emocional obligaba a un tanque de oxígeno. Dispuse lo necesario para la ocasión. Empecé y terminé hoy, con las primeras horas de la madrugada y un par de wiskis.

De Joaquín he escrito poco, casi nada, aunque Sabina ha sido compañía y complicidad permanente desde que lo encontré en los puestos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.  A Joaquín Sabina debo muchas veladas, en compañías inconfesables y en soledad, como cuando escribía mi tesis doctoral y tenía que levantarme a las 3 de la mañana para encontrar el momento. Por eso, contra todo canon, en los agradecimientos, doy fe de mi gratitud.

El concierto retrata a un Sabina viejo, desgastado por la vida y las emociones, por el cigarro y otras yerbas, pero cuando me miro en el espejo lo comprendo. Ha sido una noche como la que necesitaba, lejos de los malos pensamientos y pegado a los recuerdos más vitales.

Un día, creo, escribiré un texto para y sobre Sabina que me guste tanto que hasta me conmueva. ¡Imagino ese día!

Si Dylan, controversia incluida, recibió el Nobel de literatura, pienso, pregunto, exijo, controversia incluida: ¿cuándo recibirá Sabina el Premio Cervantes?

Deja tu comentario