¡Peligro, niños jugando en la calle!

Esta mañana muy temprano, aprovechando la suspensión de clases, y encantado con su regalo de cumple, Juan Carlos salió a la calle a correr libremente su carro de control remoto en las banquetas aledañas y el jardín delantero.

Su RC, como dice él, es pequeñito frente a otros monstruos que vimos, bien equipado, con amortiguadores que parecen reales, de color rojo; lindo aspecto. Lo escogió entre varios modelos y no dudó luego de valorar cualidades de cada una de las opciones, colores y tamaños.

Enfundado en ropa cómoda y caliente por el clima fresco se colocó la mochila en la espalda y con desenfado empezó a probar su todo terreno, ya adaptado, pues de inmediato encontró la manera de colocarle una lámpara en el techo y su viejo teléfono celular en el frente para grabar los recorridos.

Su sonrisa y concentración son la prueba absolutamente contundente de que es un niño todo lo feliz que puede serlo.

Anduvo de aquí por allá, probando, regresándolo, acelerándolo, luego pasó a la acera de enfrente, más amplia. Desde la distancia lo observaba sin prisa, pues faltaba un par de horas para mi compromiso en la Universidad.

No me sorprendió verlo así, porque es la manera en que habitualmente juega. Los sorprendidos fueron los pocos transeúntes que pasaron por ahí. A una señora que enfilaba rumbo a su trabajo la seguí con la vista mientras se acercaba a él, ella atenta, mirando sus movimientos y concentración; cuando lo tuvo cerca, le sonrió y apenas se distrajo un momento para mantener el control.

Otras personas se extrañaban de ese raro espectáculo: ¡un niño jugando en la calle! Sí, parece una cosa extraordinaria, lo que tendría que ser absolutamente normal. Así estuvimos, hasta que los autos que transitaban a alta velocidad en la calle se hicieron más frecuentes; abrazó su juguete y cruzó la calle hacia donde estaba: ¡vámonos!, dijo, ya hay demasiados autos enloquecidos.

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