Pequeñas victorias

La docencia es una profesión dura. Desgastante física y emocionalmente. Se desarrolla en contextos que suelen ser adversos a los procesos formativos que declaran las escuelas. El propio entorno de los centros escolares es espinoso; vivimos en una cultura de la banalización, fugaz; líquida, como acuñó Bauman. Una sociedad violenta y violentada, flagelada por la pobreza y por otras formas de corrupción y corrosión social que no se entierran con discursos ni leyes.

Es indudable que mucha gente trabaja en la docencia porque es una forma de ganarse la vida y nada más; no la más lucrativa, ni descansada, por supuesto. Pero también es evidente que hay maestras y educadores por convicción, porque decidieron estudiar para ello, o la abrazaron con responsabilidad, y mantienen la ilusión transformadora, aunque los años vayan desafiándolos.

Entre las razones que sostienen a el vigor de docencia están las pequeñas victorias cotidianas, que pueden caer de a poquito, intermitentemente, pero que cuando llegan, reafirman convicciones. A mí, cuando se me vacía el tanque, siempre me aparece alguna de ellas.

Hace algunas semanas impartí un curso breve en el Vasco de Quiroga, la escuela de trabajo social ubicada a la entrada de Comala. Aunque las tareas en la agenda suman y suman, los afectos me ganaron y acepté. El curso, sobre temas educativos de Colima y México, fue un encuentro grato con personas que no son expertas en ellos, pero que en la raíz de su vocación tienen que ejercer también el oficio educador.

Como resultado del curso, los estudiantes debían entrevistar a un joven que hubiera abandonado la escuela media superior, el bachillerato, el tramo más feroz donde se desgranan las generaciones de estudiantes. Elegí dos de los trabajos hechos para buscar su publicación; mañana, si no sucede otra cosa, se publicará el de una de esas estudiantes, comprometida y talentosa.

Incitar a escribir y publicar es una de las pequeñas tareas que disfruto cuando cortó la dulce fruta que producen.

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