Sábado agridulce

Tengo varias razones para la alegría: anoche presenté nuevo libro en mi pueblo, allá donde todo comenzó; mi hija leyó un texto de su autoría con un contenido extraordinario; me reencontré con varios antiguos conocidos; esta mañana lo presenté en una Universidad con buenos amigos, escuché un par de comentarios estupendos y vi los rostros de los asistentes… podría seguir con un largo etcétera. No puedo omitir del recuento las malas: la burocracia delirante de los sitios donde trabajo, uno, que cambia las reglas y formatos horas antes de cumplir los tiempos, en franco desprecio a sus trabajadores, la otra, que insensata se empeña a empoderar al absurdo o la estupidez.

Todo se oscurece. Lo que me duele ahora es la noticia que leo en Diario de Colima. El hecho es terrible, tremendo, irritante. Sucedió en Suchitlán, en un preescolar. Un grupo de niños se encimaron en un compañero de 5 años y lo patearon, según declara el padre. Las consecuencias son inadmisibles: perforación de pulmón y traquea lastimada. ¿Por qué unos niños menores de 6 años golpean con tanta saña a otro igual?

No lo entiendo, y no puedo entenderlo. Me resisto a suponer que esto es natural, que los niños estaban jugando y lo sucedido fue algo intrascendente.

¿Dónde estamos perdiendo la batalla por la humanidad, por la sensatez y la sensibilidad? Quisiera, pero no puedo estar feliz.

Comentarios

  1. Arthur Edwards dice:

    Bonito compartir reflexiones contigo. Gracias por tus palabras!

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