¿Toda vida pasada fue mejor?

A veces me pica la tentación de pensar que la vida infantil era mejor cuando fui niño. Luego pondero. Pongo en balance las buenas de mis años tiernos en un pueblo, con las buenas y malas de mis hijos citadinos. La comparación es insostenible e insensata. Salgo por la puerta trasera. Me parece ociosa la valoración, peor aún, los juicios sumarios.

Solo tengo una buena y otra mala. Explico breve. Mis hijos tienen hoy más acceso a la lectura que yo a sus años, y han leído por gusto mucho más. Saben mucho más que yo. Ese es un signo del progreso civilizatorio. La mala que advierto es terrible: los niños hoy tienen menos hermanos, sobre todo, menos amigos cerca, menos espacios para socializar, menos metros para correr, menos escondrijos para jugar, para arrastrarse en las calles, para sonreír de frente al sol con la cara al viento. Entre una y otra no hay forma de optar. Son realidades inevitables.

Lo que me pesa ahora es ver la forma cómo mi hijo tiene que esperar y esperar a encontrarse con un amiguito, visitarlo en su casa o ser visitado. Nosotros, en cambio, solo teníamos que pararnos en la puerta, con la calle abierta y el pueblo entero a la disposición, entonces venía el grito amistoso, la invitación de Pancho, Alejandro o Martín, para dispararse como flecha y disfrutar la niñez plena por unas horas, hasta que llegara la hora de la cena o el olor de la comida.

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