Vivir para contarla

En los años iniciales de la carrera universitaria leí por vez primera a Gabriel García Márquez. Perdí detalles. Pasaron ya muchos años como para tenerlo fresco. Fue El amor en los tiempos del cólera el libro inaugural. Alguien, en la facultad, nos habló de los amores eternos entre Fermina Daza y Florentino Ariza, con tal vehemencia que quise explorar la historia de un sentimiento así. Probablemente alguna fantasía incipiente despertara. 

Tan pronto reuní dinero me fui a la Galería Universitaria, la extinta librería en el centro de Colima que nos ofrecía casi todo lo que podía conseguirse entonces. Allí lo compré y luego pasé tardes enteras encerrado en mi cuarto familiar, deshojando la historia. La fascinación por el escritor colombiano no tuvo contención. Como pude fui comprando el resto de sus libros: la segunda, Cien años de soledad, otro mazazo sentimental indescriptible; siguieron La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada… Leí todo lo que pude conseguir, o casi todo, porque algo habré dejado por ahí. Luego vino una larga pausa, hasta que llegaron sus obras finales, Vivir para contarla y Memoria de mis putas tristes, sus discursos. Años después encontré en alguna librería tres volúmenes con descuento de sus obras periodísticas. Pasaron los años y se murió. No volví a leerlo nunca más. Cuando intenté hacerlo en un volumen que reunía sus cuentos completos, me quedé en las primeras cien páginas. Allí tengo todavía el libro al lado de la cama. 

Los años transcurrieron y recientemente, buscando biografías para empaparme de historias personalísimas apareció en formato electrónico la del Gabo, escrita por Gerald Martin. Así comencé a leer sus más de dos mil páginas, entre pausas, en recesos del trabajo, por las noches, cuando me sobran minutos, o al despertar. Su lectura, imbuida del espíritu de la obra del genio del realismo mágico me transportó inevitable, nostálgica y entrañablemente a los ambientes donde nació la magistral obra de quien creía, en su juventud, que escribiría una novela que se leyera más que la del Quijote. 

Leerlo ahora me revivió y rebobinó la cinta vital de treinta años atrás. No sé si veré la página final, porque en momentos me ahoga el mar de recuerdos y me abruman los compromisos laborales. Sé, en cambio, que habrá de volver, más temprano que tarde, a comenzar la lectura de su obra, cuando esté en el otoño de las emociones, a punto de reescribir algunos capítulos inolvidables de la vida, mientras espero la carta que, tal vez, nunca ha de llegar.   

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