Vivir sin recordar

Un querido amigo me contó hace algunos días que regresaba a Colima después de una estancia corta en otras tierras. Lo pasó estupendo, como atestiguaron sus mensajes y las palabras que escribió en esos días; sus fotos lo confirmaban. No envidio esa clase de situaciones; deseo que las personas en verdad lo disfruten al máximo.

Le maticé los comentarios, o intenté, recordándole que no es lo mismo estar de viaje temporal, con boleto de regreso y sin obligaciones, que salir de la ciudad sin saber si volverás ni cuándo. Es la diferencia entre un turista más o menos afortunado y un exiliado más o menos desafortunado.

Me pasó lo mismo, lo confieso sin rubores. Cuando estuve por Argentina añoré México un, a mis hijos, sobre todo; pasaba los días allá y las noches extrañándolos. Luego, cuando recorrí otros sitios me sucedió también.

Creo que extrañar es una condición tan humana como amar lo que se tiene, como desear que no se vaya lo que hace sentir tan bien. Extrañar es un sentimiento que anuda otros: orfandad, cariños, alegrías, amores, dolores, ternuras y, sobre todo, el temor o la angustia de no revivir lo que se desea. Pero es así la vida, inevitablemente.

Pasa también con los hijos. Un día los vemos distintos: las piernas largas, las manos fuertes, los labios pintados, la rebeldía de un no inteligente.

Vivir es recordar. El problema es vivir solo de recordar, o de los recuerdos, de las tristezas de lo ido, de los dolores sufridos.

Vivir es recordar, y recordar es volver a pasar por el corazón. No está tan mal en un tiempo donde priman banalidades y estupidez.

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