Cien mil muertes

Los cien mil muertos son inaceptables. No hay forma de justificarlos, ni de aceptar explicaciones elogiosas para nadie. Menos cabe el esperpéntico “nos vino como anillo al dedo”, dicho y repetido, para que no haya duda. No son imbéciles, saben de qué se trata y saben también que tienen un séquito que lo adula todo, que todo lo aguanta y que siempre buscará el argumento de los “tiempos neoliberales” en que la cosa iba peor.

Los cien mil muertos ocurrieron en un periodo gubernamental. No hay manera de tirar los cadáveres al panteón del sexenio pasado o antepasado. Sin anestesia: que cada uno se haga carga de sus muertos.

Los cien mil fallecidos tienen historias, rostros, nombres; los enlutados son cientos de miles más que perdieron a aquellos cien mil.

El gobierno federal no es el único culpable. Los estatales y municipales hicieron su aporte a la barbarie. López-Gatell y su equipo se equivocaron, con maromas y sin maromas. Cuando el subsecretario de Salud hizo predicciones que fueron destrozadas pronto, debía saber que no gobernaban China, que los mexicanos tienen hábitos alimenticios y enfermedades que luego se usaron como escudos para justificar desaciertos o superficialidad.

En el gobierno federal nunca hubo espacio para la mínima autocrítica. No la ha habido y probablemente no la haya. Equivocarse es natural y hasta inevitable; nunca reconocerlo, es infame, sobre todo cuando hay muertos en el camino, cien mil muertos, por lo menos.

La ciudadanía, una buena parte, se sumó también al desgarriate gubernamental. Con su irresponsabilidad y el menor respeto, se saltaron las reglas siempre que era posible y siguen. Es imperdonable la muestra de insolidaridad ciudadana.

Ese coctel entre ciudadanos y gobiernos es mortífero. Ya son cien mil muertos y sumarán miles más, porque ni unos, ni los otros, está dispuesto a perder la batalla del insensato.

No se trata de hacer espectáculo con la muerte, ni de festejar los 50, 60 o 100 mil como reclama el mediático subsecretario.

Se trata de recordarlo, tenerlo presente cuando sea preciso y llegue la hora de los juicios.

Se trata de recordar que entre esos cien mil se fueron compañeros, amigos, hermanos, hijos, padres, esposas.

Se trata, también, de asumir las responsabilidades sin buscar justificantes absurdos.

Se trata de ya no repetirlo la próxima vez que suceda.

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