Colima negro

Casi todos los días, en las últimas semanas, las noticias de la pandemia en Colima son terribles, pero a veces empeoran un poquito. Como hoy. Ayer se registró la más alta cantidad de personas muertas: 11. Y se suman 25 infectadas. La otra parte de la pinza maldita se cierra. La secretaria de Salud repite lo que ella y el gobernador vienen diciendo hace rato: que la capacidad hospitalaria puede colapsarse, como lo hizo en algunos momentos del fin de semana. Hoy de nuevo es nota principal, pero parece que la reiteración causa poco impacto, por indiferencia y desgaste de la credibilidad gubernamental ante un mensaje soso en las formas.

El futuro inmediato es sombríamente funesto para los colimenses. Los muertos por COVID-19 ya tienen nombres y apellidos, ya no son lejanos. Cuando sucede, la muerte adquiere una dimensión diferente, dolorosa en la piel.

Los rostros de los conocidos y las familias destrozadas tendrían que ser un mensaje contundente: o paramos la indolencia ciudadana o en una semana los muertos sumarán cada día dos dígitos.

Hay que decirlo con sus letras: sería terriblemente injusto que alguien, cuidándose cinco meses, no tenga una cama en el hospital porque otros siempre llegaron primero al concurso de los hijos de puta.

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