Con el viento en la cara y la alegría al costado

Después de muchos meses ayer volví al andador donde solía pasear por las mañanas antes de la pandemia. Invité a Juan Carlitos y aceptó. Antes que yo, estaba listo junto al auto. Pensé que habría poca gente, por el cielo nublado y la proximidad de la noche. Salir juntos fue un acierto; mi pronóstico de escasa concurrencia falló. El paseo peatonal a Comala era una romería de chiquitos y grandes, de bicicleteros imprudentes a los que debimos sortear en más de una ocasión. Apenas bajar, se colocó su cubrebocas negro y enfilamos. Fueron poco más de cinco kilómetros en una hora, a paso tranquilo. Me inquietó tanta gente pero no desaproveché la oportunidad. Siempre que es posible me gusta hablar con ellos: me desafía contarles cosas que les interesen y engancharlos en la conversación; pero disfruto más, mucho más cuando ellos hablan. Mariana Belén es más taciturna, y adolescente, como puede ser imparable y ametrallarme, puede callarse y hacerme sentir que no está. Juan Carlos es parlanchín y atento. Le gusta que sepa de sus gustos. Me pregunta, por ejemplo, ¿papá, sabías que…? Y ahí pueden entrar mil cosas que ignoro, de los Beatles, del capitán Calzoncillos, de una película de Marvel, del Titanic, de “Mister Paper”, personaje que creo para una tira cómica, etc. Medio abatido en mi ignorancia me sincero: no, no lo sabía. ¡Claro!, remata. Y me cuenta. Ayer pasó de nuevo. Aguantó y casi todo el tiempo hablamos, él, yo, él, él, yo, él. Así, hasta que me pidió una pausa de dos minutos para descansar y seguimos. Terminamos el paseo con las luces nocturnas encendidas, levemente sudados y satisfechos con la posibilidad reconquistada, por una tarde, de respirar al aire libre y sentir de nuevo el viento fresco en la cara.

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