Corazón verde

Soñé con un corazón verde. Al despertar, el corazón verde estaba vivo, se movía frente a mis ojos, agrandándose y empequeñeciéndose, atrás y adelante, una y otra vez, incesante, silencioso. Vi el reloj en la muñeca. Las 7:17 h. Temprano para una mala noche. Afuera se oían los gallos y ladridos de un perro fastidioso, que no conozco, pero ya odio como al vecino, su dueño, que tampoco conozco. Los distractores no borraron el corazón verde. Creí escuchar su palpitación. Me paré al baño descalzo y sentí el piso frío, con el corazón verde respirando a un lado, como si me observara. Ni el chorro del agua lo limpió. La cara en el espejo me devolvió una imagen desagradable. El fastidio ganaba la partida. Volví a la cama y empecé a pensar en todas las imagenes del corazón, que debía ser rojo, como siempre ha sido, o negro como en las cartas de la baraja o el cuerpo de los malvados. ¿Por qué un corazón verde? Si la imagen más emblemática del corazón la pintaramos de verde ¿sentiríamos distinto? ¿Seríamos otros?

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