Corrección de textos

Desde las primeras incursiones en el mundo de la escritura para publicarla en forma de libro procuré participar en todas las dimensiones del proceso. O casi en todas, pues ya las tareas de impresión requieren su propio entrenamiento. Me refiero a las que siguen a la escritura del autor y hasta el momento en que el documento pasa a la imprenta: la corrección de textos, la corrección de las correcciones, la corrección de pruebas, la elección del tamaño del libro, portada y, en proyectos especiales, el diseño de interiores o la persona que diseñará la cara del libro.

Cuando más he participado en esas varias facetas, más conforme quedo con el resultado. No hablo de su calidad profesional, sino de mi satisfacción, que deriva principalmente de ser un lector con ciertas opiniones, gustos y disgustos.

Las primeras horas de mi trabajo en 2020 han transcurrido en una de esas fases: la corrección de las pruebas, esto es, del primer corte que hace la editorial, con el resultado preliminar. La actividad me exige concentración absoluta, paciencia y buena condición física para sentarme horas y días en cotejar con originales, con las opiniones de lectores y con sugerencias profesionales.

Poco a poco voy formando un ritual alrededor: ¿cuál es la mejor hora?, ¿en la mañana, en la noche?, ¿tomar café, mate, agua, un whisky? ¿Cuál es el lugar ideal?

Las correcciones que ahora realizo son distintas; todas la son, de alguna manera, pero esta tiene su peculiaridad: cuando nunca había dudado, estoy a punto de cambiar el título, o alterarlo en su orden. Eso habitualmente no sucede. Pues esta vez sí.

Camino sin prisa en estas horas; no tengo urgencia de regresarlo a la editorial o verlo publicado [en formato electrónico, he decidido], voy despacio porque a lo largo del 2020 me encontraré de nuevo en este apasionante mundo de las letras y las palabras, de intentar siempre el mejor texto posible, el más legible y cuidado.

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