LA MISMA ESCUELA DE SIEMPRE

La niña se levanta temprano, desayuna un vaso de leche con fruta o galletas. Luego, silenciosa, busca sus libros, se acerca a la mesita donde tiene la vieja computadora que le permite conectarse a sus maestros y compañeros, recibir tareas y empezar la jornada escolar. Mientras ella enciende la máquina escucha a pocos metros el ruido en la cocina: el papá prepara su café para su empleo de taxista, a la larga y ahora peligrosa rutina en tiempos de pandemia. El hombre toma sus llaves con una botella de agua en la mano derecha y un café de olla humeante en la izquierda. Va con la hija, estudiante del tercero de secundaria en un modesto colegio de paga, porque es lo único que el padre se ha prometido dejarle en herencia. Se despiden con una conversación corta mientra toma el primer trago caliente.

-¿Necesitas algo?

-Gracias, papá, nada.

-¿Ya comenzaste la sesión?

-No, estoy esperando.

-Será una clase interesante, imagino. ¿Viste lo que sucede en Estados Unidos con las protestas por la muerte de un hombre?

-Sí, vi un poco, anoche. Pero de esos temas no hablamos en clase.

-¿Cómo? ¿No hablan de eso? ¿No hablan de los problemas reales? ¿Tampoco hablan de la pandemia?

-Papá, ya te expliqué que no.

-Entonces, ¿por qué tantas horas de clases y tareas? ¿Qué estudian?

-Estudiamos en casa, pa’, de nuestras materias, solo que hay más tareas, sin recreos, sin amigos, pero la escuela es la misma de siempre.

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