Las incontables muertes

Los miles de muertos que deja la pandemia en México, ayer 53 mil, hoy un poco más en la inverosímil contabilidad oficial, no salen de mi cabeza. Parecen sólo un número, un número grande, más que miles de pueblos, que algunas ciudades pequeñas, más que la mayoría de los municipios de mi estado. Pero no son uno sino 53 mil números distintos, o, si queremos ser más precisos, son un número infinito. Pienso, por ejemplo, en uno solo de esos 53 mil, en José, de 73 años. Murió y sólo él entra en esa cifra macabra, costos de la pandemia, pero murió también el hermano de Miguel, Pedro, Soledad, María, Arturo y Concha. Murió el hijo de los fallecidos don José y doña Micaela. Murió el esposo de Silvia, el padre de cuatro hijos, de José Manuel, de Miguel, Silvia y Antonio. Entre sus primos, sobrinos y tíos nadie sabe ya, con exactitud, cuántos suman, pero todos ellos perdieron un pariente amistoso en ese pueblo cañero. Murió el bisabuelo de dos nietos que ya lo lloran. Falleció el abuelo de 12 nietos que lo conocieron y de otros dos que nacerán pronto, pero no tendrán nunca los abrazos de un abuelo que les mime y les enseñe el añejo oficio de panadero del cual todos ellos vivieron desde tiempos inmemoriales. ¿Cuántos muertos murieron y cuántos más morirán?

 

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