Lección de niño a hombre

Sábado a mediodía. Salimos de clases de idiomas en la Universidad, solos, cada uno en su mundo. Mi brazo derecho lo rodea y descansa en su hombro. Manos en los bolsillos, la mochila del Barça en la espalda y su mirada hacia delante. Me pregunta por qué tengo una chamarra a esa hora, como su hermana y los compañeros de ella. Le explico que nuestro curso es temprano, llegamos con clima fresco y en mi aula hay aire acondicionado. Acusa recibo. Salimos del campus hacia el auto. Le pido que demos una vuelta. Sí, me dice sin dudarlo. Me pregunta si en mi clase de francés los alumnos pueden llevar gorra; le digo que sí, que claro, que esto es la Universidad. Pues en el mío no, me responde. ¿Cómo? No, nosotros no podemos. Se explaya: un día llevé una (y lo recordé al instante), pero la maestra me pidió que me la quitara. Ah. Me guardo los comentarios malhumorados. Subimos al auto. Él saca su teléfono de la bolsa del pantalón, busca un juego y se olvida de todo. En el primer semáforo lo miro absorto. Absorto él; y yo, igual, observándolo. ¿Qué juegas? Me explica, pero pidiéndome que lo deje continuar con su reto; o sea, que me calle. Regreso a la carretera, camino a Colima. ¿Quieres música? Le pregunto. Sí. ¿Eliges o elijo? Tú, me dice. Sé la música que le gusta. Pongo “Here comes the sun”. Los acordes se nos meten en oídos y cuerpo. Nos miramos; él sonríe y empieza a tararearla. Es una de sus canciones favoritas. Cuando puedo lo veo de reojo. Sigue con los ojos clavados en la pantalla, pero sus labios se mueven al ritmo de la letra. Se escuchan otras canciones del álbum; pide no cambiarlo. Cuando suena “Yellow submarine” detiene el juego, deja el teléfono y emocionado me sorprende: cuando sea grande, voy a ponerle esa música a mis hijos, quiero que escuchen buena música, no esas cosas de reggueton. Suelto una risa y repito sus palabras. Le incito a que siga contándome: sí, les pondré a los Beatles, a Michael Jackson, a Queen, Jackson’s Five, Imagin dragons…

Supongo, solo por eso, que será mejor padre. Sonrío y sigo sin rumbo fijo.

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