Momentos felices en la Universidad

Ayer y hoy he visto en Facebook fotos de las recién egresadas de la Facultad de Pedagogía. Con gusto y buen humor leo sus mensajes ingeniosos. Escriben de su paso por las aulas, que ahora les parece fugaz, el descorazonador fin del ciclo y lo que viene por delante; “los juegos del hambre”, dice Katya.

Al hilo de sus fotos y palabras me vinieron a la cabeza los momentos, algunos, que vivimos en los dos cursos que trabajamos juntos. Me cayeron muy bien desde el principio; al final, mucho más.

El curso era nuevo para mí, nunca lo había impartido y se los confesé. Me miraron con respeto y desde ese primer día trabajaron con diligencia, con toda la responsabilidad que cada uno podía. Su disposición era un aliciente que me estimulaba a pensar cómo darle toda la relevancia a las actividades que les proponía.

Las clases, martes y jueves por la tarde, creo, eran un remanso dentro del mar de actividades. Nunca me pesó ir al grupo, nunca salí detestándolos ni frustrado. No siempre salen las cosas bien, por supuesto, pero sabía que en la siguiente sesión ahí estarían dispuestos, la gran mayoría.

Hicimos actividades distintas, entre otras: escribimos juntos dos artículos para el periódico, que nos emocionaron a todos, incluidas sus familias; también desarrollamos un pequeño experimento que le llamé “la universidad en casa” y sus relatos de aquella vivencia con sus familias fueron estupendos.

Uno siempre quiere que la formación de sus estudiantes sea mejor, que tengan más habilidades y disposición, y ellos pensarán lo mismo de los maestros. Yo confío en que el paso de esa generación por las aulas de la Facultad haya cambiado sus vidas y templado su carácter. El resto de la historia, que comienza apenas, ya dependerá de cada una, de su actitud y la dosis de suerte que se requiere.

Desde acá les deseo lo mejor y dentro de algunos años, estoy seguro, varios nos regalarán lindas sorpresas profesionales.

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