Nueve negro

En el camino de la escuela de mis hijos a casa, detenido en el semáforo para tomar el tercer anillo periférico, recibí un mensaje por Whatsapp. Escuché pero no atendí de inmediato. En la siguiente parada lo leí. Un saludo y la noticia funesta: murió Carlos Luna Aguayo, el güero Luna, como le conocimos en Quesería, nuestro pueblo. No releí las palabras; lo entendí desde el primer instante y la punzada se me clavó hondo. Dos horas después la desazón no me abandona.

El güero, con sus 55 o poco más años, había enfermado de cáncer hace algunos meses. Estuvimos en su casa Amado Ceballos y yo, hablamos con él, flaco entonces, pero de excelente ánimo. Acordamos volver pronto.

Con sonrisa franca, la misma de siempre, con la que festejaba las canastas en el basket o los pases y goles en el fútbol, me regaló la sensación de que le quedaba cuerda larga en la vida. El área de su cáncer no admite concesiones, a juzgar por los varios conocidos que lo padecieron y partieron pronto, pero confiaba por su estado de ánimo.

No fuimos amigos íntimos, ni nos encontramos en dos décadas. Mis recuerdos se remontan al estadio Carlos Septien, donde nos enfrentamos, primero como rivales, él con la Real Sociedad, luego juntos en Sección 82 y San Francisco, donde jugábamos a pocos metros de distancia. En ambos equipos levantamos alguna copa de campeones y celebramos muchos goles.

Genio del balón, de una inteligencia notable en el juego, se fue en el último regate con la enfermedad. Me consta que quería seguir viviendo, que tenía mucho por hacer. Me consta que tenía amigos, de esos que se cuentan para siempre, de los que respetan los compañeros y los rivales en la cancha.

¡Hasta siempre, amigo! Siempre jugaste el mejor partido, güero. ¡Buen viaje!

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