Placeres insospechados de la lectura

La lectura es una de las actividades que más me ocuparon en estas vacaciones. Habitualmente es así. Aprovecho las fechas de descanso para recuperar atrasos en mis programas de lectura, retomo un libro pendiente, o enfilo en las páginas de alguno apetecible que esperaba con alegría. Sucedió de nuevo en las vacaciones que terminaron el fin de semana.

Los placeres que la lectura regala son, a veces, inesperados. Fue por la tarde dominical, antes de la función de cine en casa. Mariana se acercó a donde me encontraba leyendo plácidamente y tomó el libro que tenía al lado: Cómo Pinocho aprendió a leer, de Alberto Manguel. ¿De qué trata, papá? Le conté que apenas había empezado, pero le hablé un poco de la vida de Manguel, de otros libros suyos; se interesó y dejó de atenderme. Lo hojeó, luego se acomodó en la silla y allí estuvo un buen rato, sin interrumpirme, ni yo. Nos olvidamos uno del otro; en mi caso corrigiendo un libro, ella leyendo el suyo, o el mío, o el de ambos, a estas alturas.

Me levanté y se detuvo. “Está buenísimo”, o algo así, comentó. Entonces celebré que hoy no haya tenido que recordarle la importancia de leer un poquito cada día.

Deja tu comentario