Renacer cada día

Tarde nublada, día lluvioso. Cansancio de la jornada larga. Salgo de la oficina con las tareas hechas. Cojo la mochila, la cuelgo en la espalda, apago luces y cierro la doble llave de la puerta. Es hora de descansar, pero voy sin prisa hacia el auto que me espera a dos calles del campus. Miro a un lado y a otro, distraído, abro y dejo caer el cuerpo. La mochila al asiento trasero y la llave al encendido. Arranco cuando el tráfico me permite. Apago a Rodrigo Pacheco en radio. No me gusta lo que escucho. Prefiero el disco: Sabina y Serrat. Lo conozco de memoria, pero no tengo ganas de cambiarlo o conectar el teléfono. Termina la canción; sigue Cuando me hablan del destino. Ahí empiezo a sentir que la sangre fluye de nuevo. Escucho cada verso con atención: “Cuando me hablan del destino, cambio de conversación”, dice el monstruo de Jaén; luego, otros geniales:

¿De qué voy a lamentarme?,

bulle la sangre en mis venas,

cada día al despertarme

me gusta resucitar,

a quien quiera acompañarme

le cambio versos por penas…

Me quedo pensativo, dándole vueltas, mientras Sabina termina y toca el turno de Serrat.

Viene a la cabeza un fragmento de la película El gran simulador, sobre la vida de Rene Lavand, ilusionista argentino nacido en Tandil. La asociación llega sola. En la narración de la historia, Lavand cuenta su afición a dormir la siesta, porque así, afirma, tiene el privilegio de dos amaneceres en un solo día. Sonrío y espero que el camino sea más largo.

Sí, despertar cada día, o dormir la siesta dos veces, son un privilegio nada más porque sí. El privilegio de estar vivos y sentir, aunque sea dolores.

Deja tu comentario