Resarcir de verdad

Si el Vaticano, España, Italia o Portugal no piden perdón de rodillas a los países de América Latina por lo sucedido hace cinco siglos no perderé el sueño. Si lo hacen, tampoco aplaudiré. Me tiene sin cuidado una o la otra acción. A ellos, a los impulsores del perdón, también les importa un carajo si los tengo en cuenta, por supuesto. Que lo resuelvan en los tribunales divinos o donde sea, es cosa que me importa tanto como el campeón, subcampeón o himno del fútbol en Macedonia o Malta, o en cualquier parte. O una millonésima de asuntos más.

Lo que si aplaudiría, para reafirmar que la dignificación de los pueblos originarios va en serio, es que el gobierno de México, ese que declara que primero son los pobres, decidieran impulsar la educación de las comunidades indígenas como nunca antes se hizo en la historia del país. Cuando eso suceda, cuando ellos diseñen políticas y estrategias para impulsar la educación indígena, cuando destinen más dinero que nunca, entonces pensaré que probablemente valga la pena su proclama universal. Mientras, todo lo que hagan o digan al respecto me parecerá tan útil como una cascara de limón chupado en el bote de basura.

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