SEMANA CONMIGO

Esta semana ha sido distinta en la cuarentena personal. Lo esencial no cambia: sigo sin sufrir el encierro.

Desde muy joven, cuando podía decidir entre estar en casa o salir con los amigos del pueblo a la calle o las canchas de futbol o basquet, prefería encerrarme en mi cuarto, recostarme en el suelo frío y escuchar música. Se me iban las horas sin sentirlo y podía salir del encierro cuando la noche había caído. No sé qué pensaba, con qué soñaba o en qué me distraía, pero el monólogo, o mejor, el diálogo conmigo, no me asustaba.

Casi todos los día de la cuarentena he trabajado en varios proyectos. No recuento para evitar fatuidad, pero sin problema voy de una a otra tarea cuando me canso o aburro.

También he encontrado tiempos para jugar con mis hijos. Con Juan Carlos, sobre todo; Mariana Belén, señorita ya, me hace menos caso y se reserva derecho de admisión en su agenda; en eso encuentro rasgos que nos asemejan.

He visto más películas que en años. Evito todas las que me obliguen a sufrir dolores ajenos o exijan meticulosidad intelectual. Veo cine para entretenerme, para relajarme, para reírme, así que busco esos géneros, sin caer en la ramplonería.

Esta semana fue distinta, decía al principio. Estuve menos atento a las conferencias y la información sobre la COVID-19, las cifras de muertos y los efectos devastadores mundiales. Me entero apenas de lo básico. A cambio, dediqué muchas horas a participar en webinars, paneles y conferencias virtuales; más que nunca por medios tecnológicos. Además, retorné al estudio del francés porque mañana reiniciamos clases.

La semana siguiente también será diferente. Habrá que reanundar cursos en la Universidad y eso exigirá reorganizar horarios. Hoy, por lo pronto, cierro el viernes complácido por los resultados y agradecido con esa costumbre que a muchos espanta en estos días: soportarse a sí mismo.

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