Tengo COVID-19

Hoy recibí un correo por email. Más que correo, era una carta. La abrí con gusto, porque el remitente es buen amigo. La semana pasado tomamos un café juntos; él uno, yo otro, por supuesto. Me resistía a encontrarlo en persona, pero me lo pidió con insistencia. Apelando a la amistad, le conté que no quería salir, que prefería resolver nuestro asunto por teléfono. Que no quiero salir y prefiero cuidarme, que el coronavirus no es un invento, o si lo es, que prefiero no averiguarlo en carne propia, o que firmen un acta de defunción con mi nombre. Insistió; con pena, acepté. Estuvimos un par de horas, a la distancia que nos permitía la mesita de la plaza. Bebimos un café, luego otro; pedí también agua mineral. Desgranamos recuerdos, conversamos gozosos. Nos despedimos. Prometimos encontrarnos pronto.

Hoy recibí su correo, ya lo dije. No tengo la palabra precisa para definir mis sentimientos. Me cuenta que ayer, después de algunos malestares, se hizo una prueba para descartar COVID-19. Así lo dijo. Se había cuidado; me enfatizó. Y sus amigos y contactos con quienes se reunió, le confesaron que estuvieron todo el tiempo con precauciones. Cuando leí ese pasaje advertí lo que venía. La vena en mi sien izquierda se encendió; abrí los ojos y corrí más aprisa por entre las palabras.

Tengo COVID-19. Dijo eso y sentí un latigazo brutal en la espalda. Luego ya no, el latigazo cayó sobre mi cabeza, bajó al estómago y salió por mis piernas dejándolas heladas. Tengo COVID-19. Releí. Era cierto. Cerré los ojos y lo maldije. La puta madre… paré.

Volví a la lectura. Estoy en cuarentena, siguió. Perdóname. Perdóname totalmente. No sabía. Yo creí que estaba bien y creí que mis amigos también. Todos se estaban cuidando. Dijeron. Todos se están cuidando. Pero algo pasó, me dijo. Yo volví a las palabras altisonantes. Por favor, suplicó, hazte la prueba y que Dios te bendiga. Lo estoy pasando muy mal y ya me buscan espacio en un hospital…

No quise leer más. Cerré la computadora. Un frío me corrió por la espalda. Quise pensar que soñaba y despertaría al abrir los ojos. Quise llorar para espantar la imagen que me venía. Quise pero no pude; un temblor me rompió equilibrios.

No, por suerte, la carta no es real. Pero pudo ser. Podría ser. La escribí esperando que alguien después de leerla se abstenga de la pinche necesidad de salir de casa nomás porque está enfadado o ya se cansó. Ojalá nadie reciba un mensaje así. Ojalá.

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